En uno de los corredores marítimos más transitados del planeta, estos cetáceos modifican sus señales acústicas para compensar el ruido constante del tráfico naval. Sin embargo, la respuesta tiene límites y no logra evitar la pérdida de eficacia en su comunicación, con posibles consecuencias sobre la coordinación del grupo y la búsqueda de alimento.
El Estrecho de Gibraltar es un corredor biológico, pero también un embudo acústico saturado de ruido. Cada año lo cruzan más de 60 000 buques, en una de las rutas marítimas más transitadas del planeta.
En este paisaje conviven varias especies de cetáceos, entre ellas la ballena piloto (Globicephala melas), catalogada como críticamente amenazada. A diario, ferris, cargueros y embarcaciones turísticas atraviesan el mismo espacio que utilizan estos animales para comunicarse.
Para estos mamíferos marinos, las señales acústicas son fundamentales para orientarse, mantener la cohesión del grupo o coordinarse durante la búsqueda de alimento. Pero en este entorno, la comunicación compite constantemente con el ruido de los motores.
La presión humana es constante en este enclave. Cualquier aumento del ruido oceánico puede reducir el espacio en el que sus mensajes siguen siendo útiles.
Un nuevo estudio, que cuenta con la participación del Centro Oceanográfico de Canarias y CIRCE, revela que el ruido humano en el Estrecho interfiere en su comunicación. Como respuesta, las ballenas piloto “levantan la voz” para hacerse oír en un entorno cada vez más hostil.
“Algunos tipos de llamadas ya no pueden hacerlas más fuertes. Una vez que emiten vocalizaciones cerca de sus límites fisiológicos —como parece ser el caso de algunos de sus tipos de cantos—, ya no hay margen para compensar el aumento del ruido”, dice a SINC Frants H. Jensen, que lidera el estudio en la Universidad de Aarhus (Dinamarca).
Ilustración creada por IA / Fuentes: IUCN, Journal of Experimental Biology, CIRCE
La investigación, publicada en Journal of Experimental Biology, se basa en el análisis de más de 1 300 vocalizaciones de 18 individuos. Los registros se obtuvieron entre 2012 y 2015 mediante dispositivos de succión colocados en los animales desde una embarcación científica. Estos aparatos medían el movimiento, la profundidad y el ruido ambiental antes de desprenderse y emerger a la superficie.
El análisis de 1 432 llamadas permitió distinguir cuatro tipos de vocalizaciones: de baja frecuencia, pulsadas cortas, de alta frecuencia y de dos componentes. No todas se transmiten igual en el agua. Las de baja frecuencia y las de dos componentes alcanzan mayores distancias y resultan clave para la reunificación del grupo tras las inmersiones profundas
Los investigadores demostraron que estos animales aumentan la intensidad de sus llamadas cuando el ruido ambiental crece, pero no lo suficiente como para contrarrestar completamente sus efectos.

Es probable que, cuanto más ruido haya, más tiempo pasen los animales buscando a los miembros del grupo y menos sea el que dedican a la búsqueda de alimento

Los investigadores registraron niveles de ruido de fondo entre 79 y 144 decibelios, un rango que va desde un restaurante ruidoso hasta una aspiradora. En ese margen, las señales de las ballenas deben competir continuamente con el sonido del tráfico marítimo.
“Desconocemos cómo afecta la pérdida del alcance efectivo de la comunicación a comportamientos clave como la reunificación del grupo tras inmersiones profundas. Sin embargo, podemos hacer algunas conjeturas fundamentadas: es probable que, cuanto más ruido haya, más tiempo pasen los animales buscando a los miembros del grupo y menos sea el que dedican a la búsqueda de alimento. Pero los costes ecológicos del enmascaramiento de la comunicación se han estudiado muy poco”, argumenta el científico.
El marcaje de los animales supuso un gran esfuerzo logístico para el equipo. “Fue muy complejo para los marcadores, el conductor de la embarcación y el resto de la tripulación. Ayudaron a localizar y rastrear a los animales. Dado que los datos se almacenan en las marcas, en ocasiones tuvimos que recuperarlas en condiciones meteorológicas muy adversas”, explica H. Jensen.
Ballenas piloto marcadas. / CIRCE
El trabajo confirma el denominado “efecto Lombard”. Este mecanismo lleva a los animales a aumentar el volumen de sus señales acústicas en entornos ruidosos. En las ballenas piloto, los investigadores observaron incrementos de alrededor de 0,5 decibelios por cada decibelio adicional de ruido.
Además, el estudio demuestra que la capacidad de compensación depende del tipo de llamada. Las vocalizaciones de alta frecuencia muestran los mayores incrementos de intensidad. En cambio, las llamadas complejas de dos componentes apenas se ajustan. Esta variabilidad sugiere que influyen tanto la función de cada señal como las limitaciones fisiológicas.
Los resultados también indican que el contexto de buceo no altera de forma significativa la capacidad de compensación. Sin embargo, sí modifica el volumen base de las llamadas.
Las señales más importantes para reencontrarse tras una inmersión profunda son, precisamente, las que menos margen tienen para aumentar su intensidad. Esto limita su eficacia en ambientes ruidosos.
En conjunto, los hallazgos apuntan a que el ruido antropogénico, considerado un contaminante marino por la Unión Europea, reduce la eficacia de la comunicación en estos cetáceos y afecta a funciones clave como la coordinación social y la búsqueda de alimento. En un entorno cada vez más ruidoso, incluso las señales más importantes empiezan a perder alcance funcional.
“Existen formas de gestionar las actividades marítimas para reducir los efectos sobre los animales; una de las más sencillas es, simplemente, reducir la velocidad de los buques”, señala H. Jensen.
Dado que en el Estrecho de Gibraltar solo quedan unas 250 ballenas piloto, los autores subrayan la necesidad de comprender mejor los efectos del ruido. El problema no es solo la intensidad del sonido, sino su persistencia en el tiempo y su acumulación. También reclaman medidas de gestión que protejan el entorno acústico marino.

Es necesaria más investigación para comprender el alcance del ruido al que están expuestos los animales y cómo varía con el tiempo

“Es necesaria más investigación para comprender el alcance del ruido al que están expuestos los animales y cómo varía con el tiempo. Cuáles son los costes ecológicos del enmascaramiento, cómo se traduce eso en consecuencias a nivel de población y cómo los efectos acumulativos del ruido y otros factores de estrés —como la contaminación, los brotes ocasionales de enfermedades y los cambios en los recursos alimenticios— afectan a los animales”, concluye el experto.
En este escenario, la conservación de la especie depende no solo de reducir la presión sobre el hábitat, sino también de recuperar un espacio acústico en el que la comunicación vuelva a ser funcional. Cuando el ruido domina el océano, no solo se debilita la comunicación, también se erosionan los vínculos que mantienen unido al grupo.
Referencia:
Frants H. Jensen et al. “Vocal compensation to noise in long-finned pilot whales (Globicephala melas)”. Journal of Experimental Biology.