Los campos elevados de La Mojana, en el Caribe colombiano, son tan extensos que pueden verse desde un avión a gran altitud. Estos sistemas prehispánicos permitieron gestionar enormes cantidades de agua durante los periodos de lluvias intensas y redistribuirla durante los meses secos.
Las comunidades que habitaron Colombia hace miles de años lograron realizar extraordinarias obras de ingeniería basadas en la cooperación entre grupos familiares sin necesidad de un gobierno centralizado, según un nuevo estudio publicado en la revista Communications Sustainability.
Los sistemas prehispánicos de campos elevados de La Mojana, en el Caribe colombiano, son tan extensos que pueden verse desde un avión a gran altitud. Sus canales y campos, utilizados desde el primer siglo a. C. hasta el siglo XI d. C, abarcan unas 500 000 hectáreas, una superficie equivalente a la del Parque Nacional del Gran Cañón o tres veces el tamaño de Londres.
Tradicionalmente se asumía que una infraestructura tan compleja solo podía ser planificada y gestionada por gobernantes poderosos, dada la magnitud del proyecto y el enorme esfuerzo que se consideraba necesario para llevarlo a cabo. No obstante, el estudio sostiene que, con toda probabilidad, estas obras fueron impulsadas por las comunidades locales, basadas en la cooperación y ejecutadas en un tiempo mucho menor del que se había supuesto hasta ahora.
“Estos sistemas agrícolas son tan impresionantes que siempre se ha dado por sentado que solo pudieron haberse construido bajo el mando de jerarquías organizadas en torno a caciques. Nuestros datos cuentan una historia muy diferente”, señala el equipo de investigación. “Los resultados indican que las comunidades locales fueron capaces de construir estos sistemas en periodos de tiempo muy cortos y de organizarse por sí mismas, sin depender de una autoridad externa”, añaden.
Las sociedades responsables de estos sistemas hidráulicos en La Mojana fueron contemporáneas de los mayas y otras sociedades estatales de Mesoamérica y los Andes, que siglos después culminarían en los grandes imperios azteca e inca.
Las poblaciones prehispánicas ocuparon una región donde, como señalan los investigadores, no hay evidencia de sociedades estatales. Hasta ahora, y basándose en hallazgos como la orfebrería y la cerámica sofisticadas, se había interpretado que se trataba de jerarquías caciques en proceso de convertirse en estados.
Por el contrario, “los nuevos resultados respaldan la idea de que estas comunidades optaron por formas de organización mucho más horizontales y, aun así, lograron hazañas extraordinarias”, destacan.
El sistema de campos elevados permitía gestionar enormes cantidades de agua durante los periodos de lluvias intensas y redistribuirla gradualmente durante los meses secos, mitigando tanto inundaciones como sequías. La red de canales redistribuía el agua desde cuerpos de agua permanentes hacia las zonas elevadas donde se ubicaban las viviendas. El sistema proporcionaba suelos más fértiles para el cultivo durante la estación seca y probablemente también favorecía la pesca.
El equipo cartografió un área de 500 hectáreas —equivalente a 700 campos de fútbol— de estos sistemas agrícolas prehispánicos en el municipio de San Marcos, departamento de Sucre. Analizaron la infraestructura con un nivel de detalle sin precedentes, registrando las dimensiones y el volumen de 1600 lomas y 63 plataformas de vivienda.
Sus cálculos indican que, al ser construidas, estas estructuras alcanzaban aproximadamente 1,4 metros de altura, medidos desde la cima de la loma hasta el punto más profundo del canal.
El equipo internacional desarrolló un nuevo método para cuantificar la mano de obra necesaria para construir este sistema y analizó el tipo de organización social y espacial que probablemente hizo posible este esfuerzo colectivo. “Estamos convencidos de que uno de estos sistemas de canal y loma podría haberse construido en menos de dos meses, aproximadamente la mitad de una estación seca. Esto representa una inversión de mano de obra mucho menor de lo que se suponía anteriormente, y perfectamente factible mediante la cooperación comunitaria, explican.
Para realizar sus estimaciones, el equipo tuvo en cuenta tanto el volumen de tierra removida como la información sobre la geología local, las prácticas laborales indígenas, la densidad de población y la tecnología disponible en ese momento.
Con base en una población estimada de 1600 habitantes en el área de estudio, calcularon una fuerza laboral de aproximadamente 800 personas, cifra que consideran conservadora, dado que la evidencia etnográfica muestra que, tradicionalmente, hombres, mujeres y personas cautivas participaban en el trabajo agrícola de subsistencia.
Los suelos del Caribe colombiano son arcillosos pesados, lo que habría dificultado considerablemente el trabajo. Además, en ese entonces no existían palas de metal en la región. Es posible que los trabajadores usaran herramientas de madera, aunque esta hipótesis aún no se ha comprobado.
“Estas sociedades eran innovadoras y cooperativas; trabajaban en armonía con la naturaleza en lugar de intentar imponerle barreras. Además, ya sabemos que la recuperación de prácticas ancestrales tiene un impacto social positivo en la actualidad, al permitir que las comunidades locales se reconecten con su patrimonio a través de la tecnología”, afirman.
La evidencia del uso de estos sistemas de campos elevados desaparece antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI. No se sabe con certeza por qué dejaron de usarse, aunque se ha planteado la hipótesis de que parte de la población se trasladó de las tierras bajas a las zonas montañosas.
El equipo argumenta que esta solución prehispánica para la gestión sostenible del agua podría ser readoptada por las comunidades locales sin necesidad de intervención directa del Estado.
En lugar de redistribuir el flujo natural del agua, las políticas públicas colombianas a menudo han optado por la estrategia opuesta: intentar bloquearlo con represas para prevenir inundaciones y adaptar el territorio a modelos agrícolas y ganaderos típicos de regiones no inundables.
Sin embargo, estas represas han demostrado ser incapaces de contener el agua. Desde 2021, la represa de Caregato ha sufrido múltiples rupturas que ya han causado pérdidas significativas para las comunidades locales y graves daños ambientales. En otras ocasiones, la región sufre sequías intensas.
Los responsables de las políticas públicas han mostrado interés en estos antiguos sistemas hidráulicos, pero hasta ahora carecían de datos suficientes. Ese estudio es el primero en demostrar que estas soluciones sostenibles pueden organizarse a nivel local y colectivo. Las comunidades pueden necesitar recursos estatales, pero no necesariamente su intervención directa, subrayan.
Referencia:
Vieri. J. et al. Collective labour and sustainability of pre-Hispanic field systems in La Mojana. Communications Sustainability. 2026