En su nuevo libro El mono arrogante, Christine Webb sostiene que la obsesión humana por encontrar aquello que nos hace superiores al resto de especies ha llevado a ignorar la enorme diversidad de habilidades del mundo animal. Según la primatóloga, esta visión está en la raíz de la crisis ecológica y climática que asola el planeta.
Hasta 1960, la idea más extendida en antropología fue que lo que diferenciaba a los seres humanos del resto de animales era la creación y uso de herramientas. Esto fue así hasta que la famosísima primatóloga Jane Goodall observó a chimpancés salvajes en Gombe (Tanzania) haciendo precisamente eso.
Desde entonces, muchas de estas teorías sobre la ‘excepcionalidad humana’ se han ido desbancando, como la capacidad de comunicarse a través de un lenguaje, de tener empatía o de autorreconocerse. Aun así, parece que los humanos seguimos empeñados en buscar esa característica que nos haga superiores al resto de seres.
Para Christine Webb, primatóloga en el Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad de Nueva York (Estados Unidos), eso responde a una especie de “complejo de superioridad” de los seres humanos: “No somos los más grandes, ni los más fuertes, ni los más numerosos, ni los más longevos. Por eso recurrimos al intelecto”.
En su libro El mono arrogante (Editorial Crítica), Webb desmenuza esta obsesión y afirma que es la base por la que el ser humano se siente separado de su ambiente “y con derecho de explotar la naturaleza en nombre de un supuesto progreso”. “En realidad, lo que parece que nos hace especiales es que nos gusta pensar que lo somos”, dice en su libro.
La primatóloga se decidió por esta carrera cuando observó en una clase de la universidad fotografías donde dos chimpancés se reconciliaban con un abrazo después de una pelea. “Me sorprendió que estos comportamientos existieran en el reino animal”, escribe.
Después, trabajó durante años con primates en laboratorios y zoológicos, aunque asegura que ahora solo se siente cómoda trabajando con los que están en libertad o en refugios. Además de su trabajo de campo, da una clase en la universidad neoyorkina homónima al libro, desde la que pretende que sus alumnos ‘desaprendan’ esta visión antropocéntrica del mundo.
¿Por qué a los humanos nos obsesiona encontrar lo que nos diferencia del resto de animales?
Tengo una respuesta optimista y otra pesimista. La optimista es que, como humanos, es comprensible que queramos entendernos mejor, y parte de eso es saber qué hacemos diferente a otras formas de vida. Sí que creo que parte de esta obsesión es curiosidad e interés genuino por quiénes somos como especie.
La respuesta pesimista es que continuamente formulamos estas hipótesis sobre lo que hace especiales a los seres humanos e inferiores a otras formas de vida con el fin de justiciar la explotación y el daño que se infligen contra ellas.
¿Qué nos perdemos con esta mirada antropocéntrica del mundo?
Primero, nos hace perder de vista cómo funciona realmente la evolución, que, según Darwin, se basa en el principio de continuidad entre especies y no en diferencias categóricas entre ellas. Él ya sostenía que las características de cada ser son una cuestión de grado. Al buscar constantemente ese rasgo único que nos separa del resto, olvidamos que todas las características forman un continuo.

Siempre pensamos en qué separa a los humanos del resto de formas de vida y no lo que diferencia a cada forma de vida. Hay muchísimas formas distintas de inteligencia, consciencia, belleza y habilidades

Es llamativo que no hagamos tanto esto con los rasgos físicos. No nos fijamos con la misma obsesión en lo que nos separa físicamente de otros primates. Pero sí con las cualidades psicológicas.
Además, siempre pensamos en qué separa a los humanos del resto de formas de vida y no lo que diferencia a cada forma de vida. Hay muchísimas formas distintas de inteligencia, consciencia, belleza y habilidades.
Creo que pasamos por alto todas esas características únicas que tienen otras especies y que las hacen especiales y definen quiénes son. Y, por lo tanto, limitamos nuestra capacidad para respetarlas de verdad como iguales. Incluso podríamos fijarnos en las similitudes. Al final, esta perspectiva evita que celebremos tanto las similitudes como las diferencias.
¿Crees que es posible ‘desaprender’ esta perspectiva? ¿Tú has podido hacerlo? Porque, según expones en el libro, está muy intrincada en la cultura e incluso en la investigación científica.
Yo siempre digo que esta mirada está escondida a simple vista. Está tan aprendida que normalmente no la vemos. Pero esto no significa que sea una creencia universal ni que lleguemos al mundo con ella.

Esta mirada está tan aprendida que normalmente no la vemos. Pero esto no significa que sea una creencia universal ni que lleguemos al mundo con ella

Yo aún sigo en el camino para desaprender este ‘excepcionalismo humano’. He progresado bastante, y he visto a mis alumnos de mis clases ir por un camino similar. Pero creo que es un recorrido interminable, porque siempre acabo aprendiendo cosas nuevas de este sesgo.
En tu libro defiendes que los experimentos para demostrar las habilidades de otros animales están, de cierto modo, amañados. Es decir, que no están diseñados teniendo en cuenta las habilidades de la especie.
Esto ocurre mucho. Los estudios que demuestran que los seres humanos poseen ciertas capacidades cognitivas únicas, como la teoría de la mente, la cooperación o la resolución de problemas, provienen de investigaciones de psicología comparativa que comparan las habilidades de los grandes simios en cautividad con las capacidades cognitivas de seres humanos totalmente autónomos y en un ambiente cómodo. Por ejemplo, participan niños que se sientan en el regazo de sus padres mientras realizan el estudio.

Las comparaciones entre grandes simios en cautividad y seres humanos en entornos cómodos amañan el juego y no reflejan las capacidades reales de cada especie

Los chimpancés, sin embargo, viven en entornos sociales y físicos completamente desfavorecidos. A menudo se les separa del grupo durante la investigación y se les separa de sus madres biológicas al nacer. Y luego se les asignan tareas humanas, como pruebas para humanos, y materiales como pantallas táctiles y juguetes.
Esto supone amañar el juego en estas comparaciones cognitivas, y cuando el estudio concluye que los humanos son superiores en una hazaña cognitiva concreta, en realidad solo nos está hablando de los diferentes efectos de los entornos sobre la cognición de estos participantes. No nos está hablando realmente de las capacidades de las diferentes especies.
Dices que ocurre también en los estudios que analizan si una especie es consciente de su propia existencia, ¿no?
Sí, y esto tiene que ver con las habilidades de cada especie. Por ejemplo, los humanos utilizamos predominantemente la vista, y por eso se investiga la autoconsciencia usando ejercicios de reconocerse en un espejo.

Al utilizar el estándar humano para la inteligencia, no estamos captando las capacidades únicas que poseen otras especies

Los perros y los lobos han fallado famosamente esta prueba. Pero cualquiera que viva con perros sabe que navegan por el mundo sobre todo gracias a su olfato. Y lo que se ha visto es que, si se adapta la prueba al olfato, es decir, se ponen diferentes contenedores con orina de diferentes individuos y la suya propia, son capaces de reconocer su orina.
Es decir, al utilizar el estándar o punto de referencia humano para la inteligencia, en realidad no estamos captando las capacidades únicas y los mundos sensoriales que habitan y poseen otras especies.
¿Podemos estudiar la inteligencia de otros animales teniendo en cuenta cómo interactúan con su entorno? Y, si es muy distinta a la nuestra, ¿podremos llegar a comprenderla del todo?
Bueno, creo que podemos hacerlo mucho mejor de lo que lo hacemos ahora y ser mucho más humildes sobre las cosas que quizás nunca seamos capaces de comprender. Porque hay organismos con sentidos y habilidades que nos son completamente extrañas y complicadas de entender.
Por ejemplo, los camarones mantis arlequín (Odontodactylus scyllarus) ven un tipo de luz imperceptible para los humanos, mientras que otros organismos, como las tortugas marinas, las aves migratorias y las mariposas, detectan campos magnéticos.
El camarón mantis arlequín (Odontodactylus scyllarus) ven un tipo de luz que los humanos no somos capaces de ver. /Wikimedia Commons
Pero aun así podemos mejorar mucho a la hora de diseñar tareas que pongan a prueba esas capacidades que sabemos que tienen otros animales, aunque no podamos comprenderlas del todo ni lleguemos a poseerlas nosotros mismos.
Hace unos meses se hizo conocida la historia de la vaca Veronika, capaz de usar ramitas como herramientas para rascarse. Sus investigadores atribuyeron ese comportamiento al entorno en el que había vivido. ¿Qué importancia tiene el entorno en el desarrollo de las capacidades cognitivas de un animal y qué ocurre cuando crece en cautividad?
Muy importante. Está relacionado con lo que decía antes sobre cuando estudiamos animales en cautividad, en entornos donde sus capacidades cognitivas están limitadas. No estudiaríamos a humanos que están presos, y que han estado toda la vida presos, y generalizaríamos sus datos a los humanos como especie.
Tanto los ambientes sociales como ecológicos y físicos son muy importantes a la hora de desarrollar las habilidades cognitivas, y es lo que creo que es interesante sobre la vaca Veronika. En este tipo de entornos tienen oportunidades de aprender y explorar. Además, tenía autonomía, vivía como una mascota de la familia, no como un animal de granja. Y por eso pudo desarrollar esas capacidades cognitivas más sofisticadas.

La vaca Veronika tenía autonomía, vivía como una mascota de la familia, no como un animal de granja. Y por eso pudo desarrollar esas capacidades cognitivas más sofisticadas

En este sentido, en una frase de tu libro te preguntas: “es posible que obligar a otros animales a vivir en un mundo creado por nosotros mismos también haga peligrar la diversidad conductual y cognitiva?” ¿Qué querías decir con esto?
Pienso constantemente en ello, porque solemos centrarnos en conservar la vida salvaje y la biodiversidad en términos del número de individuos y de especies, pero prestamos mucha menos atención a que la destrucción del hábitat también afecta a la diversidad cognitiva y conductual de los animales que viven en él.
Por ejemplo, si talas un bosque y construyes un centro comercial, los animales dispondrán de mucho menos enriquecimiento físico y social, y tendrán más dificultades para encontrar alimento, pareja y nuevos territorios.

Dañar un hábitat también afecta a la diversidad cognitiva y conductual de las especies que viven en él

Cuando estamos increíblemente estresados porque tenemos que mudarnos de casa o hay amenazas en nuestro entorno, ¿es ese el momento en que pensamos con mayor claridad y somos más creativos e inteligentes? No. Simplemente intentamos sobrevivir. Creo que eso es lo que otras formas de vida experimentan habitualmente. En esos entornos solo pueden centrarse en sobrevivir y, sin embargo, evaluamos su inteligencia a partir de las capacidades cognitivas que muestran en esas condiciones.
Pero esta visión antropocéntrica no es global, ¿no? En el libro expones que esta es la visión común en la cultura occidental, pero no todas las culturas tienen esta relación con su entorno.
Desde luego. Cuando titulé el libro El mono arrogante, la gente me preguntaba, y con razón si me refería a todos los seres humanos. Por supuesto, eso no es así. Hay muchas culturas humanas en todo el mundo, tanto del pasado como del presente, que tienen una cosmovisión mucho menos antropocéntrica. No ven a los seres humanos como la cima de una jerarquía, sino como seres profundamente interconectados con otros seres vivos.

Hay muchas culturas humanas en todo el mundo, tanto del pasado como del presente, que tienen una cosmovisión mucho menos antropocéntrica.

¿Cómo se relaciona esta visión occidental tan antropocéntrica con las formas actuales de relacionarnos con la naturaleza y la crisis ecológica que estamos viviendo?
Nuestras creencias sobre el mundo y nuestro lugar en él influyen en cómo actuamos en el mundo. En lo que respecta a la crisis ecológica que hemos creado, normalmente se oye hablar de causas como los combustibles fósiles o la economía capitalista. Y, aunque todas estas son causas realmente importantes, no se habla tanto de la cosmovisión tan centrada en el ser humano.
Nos olvidamos que, al final, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos y nuestro lugar en la Tierra permite que se explote la naturaleza sin apenas consecuencias.