ESTUDIADO EN BRASIL

La brecha del salero: por qué hombres y mujeres mayores añaden sal a la comida por motivos distintos

Un estudio con más de 8 300 adultos mayores vincula el consumo de sal añadida en la mesa con factores sociales y dietéticos diferenciados por sexo: la soledad influye en ellos, mientras que el entorno urbano y los ultraprocesados marcan la pauta en ellas.

mujer echando sal a la comida
Hay una brecha de género en el uso del salero, y los motivos son principalmente socioeconómicos. / pvproductions | Freepik

El gesto de alcanzar el salero una vez que el plato ya está en la mesa es una de las costumbres alimentarias más difíciles de erradicar, a pesar de las constantes advertencias sanitarias. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar los cinco gramos de sal diarios para prevenir la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares y el deterioro cognitivo, la realidad en los hogares sigue otra tendencia.

Un nuevo estudio realizado en Brasil revela que este hábito no solo persiste entre los adultos mayores, sino que se manifiesta de forma muy distinta según el género y el contexto social.

La investigación, liderada por la Universidad del Estado de Río de Janeiro y publicada este jueves en la revista Frontiers in Public Health, analizó los datos de más de 8 300 personas de 60 años o más. Los resultados indican que el 12,7 % de los hombres añaden sal extra a sus comidas, frente al 9,4 % de las mujeres. Sin embargo, lo que más ha sorprendido a los científicos no es quién consume más, sino los factores que disparan este comportamiento en cada grupo.

Soledad masculina y entorno urbano femenino

Para los hombres, el uso del salero parece ser un hábito más aislado y menos vinculado a su dieta general. Según el estudio, solo dos factores principales predicen esta conducta en el sexo masculino: el hecho de vivir solo, que aumenta un 62 % las probabilidades de añadir sal, y no seguir una dieta específica para la hipertensión.

“Entre los hombres, pocas variables se asociaron con el hábito, lo que sugiere que su comportamiento puede estar menos relacionado con patrones dietéticos específicos y más con el contexto convivencial”, explica Flávia Brito, profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y autora principal del trabajo.

En comunidades asiáticas el sodio suele incorporarse durante el proceso de cocción, en otras culturas con alimentos procesados o el salero en la mesa

En el caso de las mujeres, el escenario es mucho más complejo y está estrechamente ligado a su estilo de vida y al tipo de alimentos que compran. Las mujeres que residen en áreas urbanas o que consumen habitualmente productos ultraprocesados tienen el doble de probabilidades de añadir sal en la mesa. Por el contrario, aquellas que mantienen una dieta rica en frutas y verduras reducen drásticamente este hábito, hasta en un 81 %.

Este hallazgo complementa investigaciones previas que ya apuntaban a que el consumo de sodio no es un comportamiento uniforme, sino que está profundamente arraigado en la identidad cultural y étnica.

Estudios anteriores, como los publicados por la Asociación Americana del Corazón, han demostrado que el origen influye en cómo se introduce la sal en la dieta: mientras que en comunidades asiáticas el sodio suele incorporarse masivamente durante el proceso de cocción (por ejemplo, en el arroz), en otras culturas el aporte principal proviene de los alimentos procesados o del salero de mesa.

“Comprender estas diferencias es fundamental para que los profesionales de la salud personalicen sus consejos”, señalan los expertos. No es lo mismo recomendar a un paciente que deje de añadir sal al plato que pedirle que cambie su técnica de cocinado tradicional o que aprenda a leer etiquetas de ultraprocesados en el supermercado. La cultura culinaria dicta, en gran medida, la resistencia al cambio de las papilas gustativas.

La pérdida de sensibilidad al sabor salado

El estudio brasileño subraya que el consumo excesivo de sodio crea un círculo vicioso: la exposición continuada a alimentos muy salados reduce la sensibilidad de las papilas gustativas, lo que empuja al individuo a buscar sabores cada vez más intensos. Sin embargo, los investigadores advierten de que muchas veces el uso del salero es puramente mecánico y no responde a una necesidad real de mejorar el sabor.

“El comportamiento de las mujeres parece estar más vinculado a patrones dietéticos más amplios y a características contextuales”, añade Débora Santos, coautora del estudio. Esta diferenciación sugiere que las campañas de salud pública deben dejar de ser genéricas y empezar a diseñarse de forma específica para cada perfil, teniendo en cuenta desde la estructura del hogar hasta el acceso a alimentos frescos y las tradiciones de cada comunidad.

El uso de hierbas y condimentos naturales o aprovechar la acidez de los cítricos puede ayudar a reducir el uso de sal discrecional

Débora Santos, Universidad Río de Janeiro

Reducir el consumo de sal —que en su forma añadida en la mesa representa entre el 6 y el 20 % de la ingesta total de sodio— requiere tanto cambios en la industria como pequeñas tácticas domésticas. Los autores sugieren que la educación nutricional debe enfocarse en sustitutos que no comprometan la palatabilidad de los platos.

“El uso de hierbas y condimentos naturales como alternativa, o técnicas culinarias como aprovechar la acidez de los cítricos, ayudaría a reducir el uso de sal discrecional mientras se mantiene el sabor”, concluye Santos. Además, el equipo propone una medida tan sencilla como efectiva para romper el hábito: evitar colocar el salero de forma rutinaria sobre la mesa, obligando a los comensales a realizar un esfuerzo consciente si realmente desean añadir más sodio a su dieta.

Referencia:

Flávia Brito et al, “The habit of adding salt to food at the table and its association with socio-demographic, anthropometric and dietary characteristics in Brazilian older adults”, Frontiers in Public Health, 2026

Fuente:
SINC
Derechos: Creative Commons.
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