Miedo a nuevos terremotos: ¿estar preparados puede hacernos vivir en alerta permanente?

Algunos de los sismos registrados en Granada y otros más intensos como los vistos en Colombia y Venezuela pueden dejar secuelas psicológicas importantes en la población local. Ante ello, los psicólogos avisan de que es completamente ‘normal’ sentir miedo y ansiedad tras haber sufrido un episodio de estas características y animan a buscar apoyo si los efectos se mantienen en el tiempo.

Miedo a nuevos terremotos: ¿estar preparados puede hacernos vivir en alerta permanente?
Los grandes sismos son evento traumáticos que pueden causar estrés agudo y duradero en las personas que los experimentan. / Unsplash

Las catástrofes forman parte de la vida de las personas, por lo que el miedo a sufrir alguna de ellas no nos es indiferente. En la mayoría de los casos, el cuerpo responde mucho más rápido de lo que la mente es capaz de interpretar de forma lógica. El sistema nervioso simpático se activa automáticamente, la frecuencia cardíaca y la presión arterial se disparan, la respiración se vuelve rauda y los músculos se tensan, mientras que toda la atención converge sobre la amenaza.

Durante algún terremoto, por ejemplo, nuestras acciones siguen un proceso secuencial que va desde la inmovilización inicial hasta la huida, la lucha, o incluso el colapso funcional (aunque depende de cada persona). Las reacciones ante uno de estos eventos pueden ser tan dispares como impredecibles.

Todas las reacciones, por extrañas que parezcan, son absolutamente normales cuando lo que se está viviendo es un fenómeno anómalo

Miguel Ángel Estévez, psicólogo e investigador en la Universidad Complutense de Madrid

Según explica a SINC, el psicólogo e investigador en la Universidad Complutense de Madrid, Miguel Ángel Estévez, hay quien sale disparado, quien se queda paralizado sin poder moverse, quien reacciona con una calma inquietante y quien rompe a gritar. “Todas ellas, por extrañas que parezcan, son absolutamente normales cuando lo que se está viviendo es un fenómeno anómalo”, expresa el especialista.

Miedo generalizado

No obstante, a ese instante de miedo intenso le sigue, en las horas y días posteriores, un cuadro de síntomas mucho más amplio, por lo que algunas personas pueden sentirse hipervigilantes, con dificultad para conciliar el sueño o con sobresaltos ante cualquier ruido o vibración.

 “En los casos más extremos” apunta Estévez, puede aparecer una especie de disociación de la propia identidad –como mecanismo de la mente– para amortiguar un impacto que de otro modo sería insoportable”, expresa.

Si los síntomas persisten tras alcanzar la plena normalidad se podría empezar a pensar en un trastorno de estrés agudo

Miguel Ángel Estévez, psicólogo e investigador en la Universidad Complutense de Madrid

Al principio, es normal sentir incertidumbre y dificultad para dormir o conciliar el sueño. De hecho, un estudio reciente, publicado en Turkish Journal of Clinical Psychiatry, examinó la función mediadora entre el miedo a los terremotos y la calidad del descanso, y reveló que cuanto mayor era el nivel de miedo o menor era la tolerancia a la incertidumbre, peor era la calidad del mismo.

“Durante los primeros días sólo podemos hablar de reacciones agudas al estrés desde una perspectiva clínica”, afirma el experto. “Si los síntomas persisten tras alcanzar la plena normalidad se podría empezar a pensar en un trastorno de estrés agudo que, a su vez, si se prolonga más allá de un mes sin ningún tipo de remisión empezaríamos a hablar de trastorno de estrés postraumático (conocido como TEPT)", argumenta.

No obstante, Estévez apunta que sufrir un terremoto en primera persona no tiene por qué dejar secuelas a largo plazo en todas sus víctimas. “Las primeras reacciones son, en la inmensa mayoría de los casos, explicables como mecanismo de afrontamiento de lo que está sucediendo. Lo importante es que en la medida en que el contexto se vaya normalizando (fin de la réplicas, retorno a los domicilios, reinicio de las actividades cotidianas, etc.) nuestros pensamientos, emociones y conductas vuelvan también a ser los habituales de cada uno de nosotros”, afirma.

El factor sorpresa

Este año no está siendo nada fácil para muchos países por el gran impacto que están teniendo. Algunos terremotos como los de Venezuela y Colombia se han cobrado la vida de muchas personas y han dejado innumerables heridos con secuelas físicas y psicológicas que tardarán un tiempo en sanar. En España también se han experimentado algunos sismos, sobre todo en Granada donde se han producido numerosos daños materiales y alarma en la población local.

En este sentido, el factor sorpresa de los temblores tiene un papel fundamental en cómo afecta psicológicamente a la población.  

“Cuando estos eventos sísmicos ocurren sin antecedentes ni avisos previos nos resulta muy difícil interpretar correctamente lo que está pasando y saber cómo reaccionar”, explica Estévez. Con el caso de Granada, al tener el recuerdo cercano de otros terremotos devastadores nos lleva a interpretar de modo hiperbólico las posibles consecuencias que pueden tener aquí, a pesar de ser mucho menos intensos”, enfatiza.

Según explica el experto, existen dos constructos psicológicos que debemos tener en cuenta para abordar esta cuestión: el primero es la atribución de causalidad (los humanos necesitamos buscar las causas de estos fenómenos porque no toleramos la incertidumbre) y el segundo son los heurísticos de disponibilidad que nos llevan a relacionar eventos sísmicos muy diferentes que incrementan la angustia de la población (como en el caso de Granada).

Cuando estos eventos sísmicos ocurren sin antecedentes ni avisos previos nos resulta muy difícil interpretar correctamente lo que está pasando y saber cómo reaccionar

Miguel Ángel Estévez, psicólogo e investigador en la Universidad Complutense de Madrid

Además, “la saturación de estímulos relacionados con los seísmos, las imágenes en redes sociales, las noticias, conversaciones y los distintos daños vistos puntos de la ciudad andaluza nos lleva a revivir una y otra vez lo vivido, un hecho que deja una huella emocional equiparable a que hubiera vuelto a ocurrir”, enfatiza.

En este sentido, el experto avisa de un matiz importante y es que la experiencia de un terremoto pasado no calibra de forma automática el miedo. “Haber vivido terremotos anteriormente no hace, por sí solo, que nos habituemos”, informa Estévez. “De hecho, en Granada estamos viendo cómo la repetición de la réplica (aunque de menos intensidad) están generando en muchas personas un pico de estrés por agotamiento y una hipervigilancia que hace que se perciban temblores de tierra de tan baja intensidad que no se notarían en circunstancias normales”, avisa.

Estar ‘preparados’

Con respecto al hecho de estar ‘mejor preparados’ ante un terremoto, el reclamo es más político que psicológico y tiene que ver con la gestión de las emergencias y la seguridad de las infraestructuras.

Según expone a SINC el jefe de grupo del área de salud mental del CIBER (CIBERSAM) y jefe del departamento de salud mental del Hospital Universitari Vall d’Hebron, Josep Antoni Ramos – Quiroga el aspecto que sí se podría tratar desde el ámbito psicosanitario es el miedo a la incertidumbre, un fenómeno que también se experimentó después de la pandemia de la Covid – 19.

“Todos teníamos claro lo que íbamos a hacer en un mes o dos de aquel 2020, pero de repente todo se fue al garete”, expresa el experto. “La vida es incertidumbre por definición y nos tendremos que adaptar a las cosas que vengan y protegernos en función de las situaciones que tengamos ante nuestros ojos”, puntualiza.

Por ello, lo más importante en eventos como estos, señala, es cubrir las necesidades básicas de los afectados para que puedan dormir en un lugar lo más cómodo posible y se sientan seguros e informados de lo que ha podido suceder. Otra cuestión distinta, advierte, es si las personas sufren una crisis de ansiedad después de los sismos. En estos casos hay que brindar una atención especializada para ellos.

La vida es incertidumbre por definición y nos tendremos que adaptar a las cosas que vengan y protegernos en función de las situaciones que tengamos ante nuestros ojos

Josep Antoni Ramos – Quiroga , jefe de grupo del área de salud mental del CIBER (CIBERSAM) y jefe del departamento de salud mental del Hospital Universitari Vall d’Hebron.

Estévez añade que prepararse para los terremotos pasa por transformar las experiencias anteriores en aprendizajes preventivos, saber reconocer los sismos y conocer los protocolos para reaccionar si ocurre uno de ellos, centrarnos en actuar durante la crisis; y finalmente, cuando el peligro haya pasado “abrirnos a los demás y compartir nuestras emociones para evitar que se enquisten”, apunta.  

Cuando la prevención es obsesiva

Asimismo, el experto opina que todo este proceso debe tener un principio y un final porque el estado de alerta que nos protege durante una emergencia tiene un coste biológico si se mantiene más allá de lo soportable. “Cuando las crisis se alargan hay que descansar y tratar de volver a la normalidad (al menos temporalmente) lo antes posible porque, de lo contrario, la ansiedad puede agotarnos”, afirma.

En estos casos, los estados de alerta dejan de protegernos y los empezamos a autoalimentar. “La liberación prolongada de cortisol a través de una respuesta de lucha o huida que no llega a ejecutarse pero que se percibe como inmediata, genera fatiga sistémica, altera el sueño, el estado de ánimo y con el tiempo la salud física”, comenta el experto.

De hecho, un estudio, publicado en Journal of Affective Disorder, expone que la exposición a terremotos puede asociarse a un aumento de enfermedades mentales relacionadas con el estrés a corto y largo plazo; y subraya la importancia de garantizar apoyo continuo para las poblaciones afectadas.

Los grandes sismos son evento traumáticos que pueden causar estrés agudo y duradero en las personas que los viven, por lo que pueden experimentan inestabilidad mental y consecuencias psicosociales como estrés postraumático, ansiedad generalizada, depresión e insomnio. Tras veinte años de investigación, los expertos vieron que mientras que el resto de los trastornos disminuían con el tiempo, los problemas de descanso persistieron.

El hecho de sufrir o no trastornos mentales después de desastres naturales se debe a varios varios factores genéticos, neurobiológicos, cognitivos, culturales, psicosociales y personales. Por lo tanto, los investigadores animan a que se prioricen estrategias de intervención a corto y largo plazo, como la implementación de apoyo psicológico basado en la comunidad, la mejora de la cohesión de la población y el fortalecimiento de los sistemas de apoyo social y vigilancia. 

Fuente:
SINC
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