Con motivo de la celebración anual de la noche de Halloween, indagamos en la ciencia de uno de los estrenos de terror más aplaudidos y originales de este 2026. Nacida en foros online y redes sociales a partir de una simple imagen en apariencia insulsa, la idea representa una forma de miedo sutil, capaz de pulsar una tecla recóndita de la psicología humana.
Halloween es una celebración dedicada al género de terror en todas sus expresiones. Y también una ocasión para indagar en un misterio: ¿cómo es posible que disfrutemos de algo que deberíamos evitar? Desde la biología, la psicología o la sociología, los científicos investigan y explican por qué nos divierte un buen susto.
Hace 200 años, los dinosaurios eran gigantescas iguanas. Hace un siglo, un tiranosaurio parecía un cruce entre lagarto y canguro. Desde los errores de los primeros tanteos, la imagen que tenemos de estos reptiles prehistóricos ha ido cambiando de forma radical gracias a los nuevos hallazgos y técnicas. Hasta tal punto que hoy incluso los de Parque Jurásico, de 1993, están ya desfasados.
El despliegue de colores que precede a la caída de la hoja convoca cada año a más visitantes a los lugares donde puede contemplarse en todo su esplendor. Este espectáculo natural esconde una biología compleja y precisa que explica también la causa de que existan especies de hoja perenne, y que se ve amenazada por el impacto del cambio climático.
Para madres y padres en esa difícil encrucijada de elegir o cambiar de colegio, la amplia oferta puede abrumar: enseñanza normal o por proyectos, Montessori, Waldorf, Brain Gym… ¿Cuál escoger? Contrariamente a lo que cabría pensar, no todas las pedagogías que se aplican han probado su eficacia, y algunas se mueven incluso en el terreno de la pseudociencia.
La vuelta al cole, o el debut para los más pequeños, abre la puerta a contagios frecuentes: desde las típicas diarreas hasta catarros o gripes, bronquiolitis o la consabida enfermedad de mano-pie-boca. Todos ellos son patógenos que forman parte indisoluble del hábitat de niños y niñas, pero contra los cuales disponemos de poderosas defensas.
Este pasado 12 de agosto, millones de observadores en España se han extasiado admirando un espectáculo natural difícil de contemplar. Más allá de la astronomía, la visión de este fenómeno nos deja una huella psicológica: en tiempos antiguos era el terror, pero hoy es un asombro maravillado que tiende a unirnos en comunidad con nuestros semejantes.
No es ninguna sorpresa que durante largo tiempo a las mujeres se les negó el acceso a estudios y carreras científicas. Lo sorprendente es que, pese a ello, pudiera surgir una oleada de astrónomas que, sobre todo en el siglo XIX y en los países anglosajones, persiguieron, observaron y estudiaron eclipses solares viajando por todo el mundo.
Desde la literatura al cine, la televisión o el cómic, infinidad de historias han incluido eclipses como recursos con distintos fines: advertir de catástrofes o provocarlas, servir de artimaña, liberar fuerzas oscuras… Son argumentos que nacen de la experiencia humana sobre estos fenómenos astronómicos, a menudo inspirados en casos reales o en creencias ancestrales.
La tríada de eclipses de Sol que nos visita entre 2026 y 2028 marcará el 250 aniversario de un precedente histórico: en 1778 el marino y científico Antonio de Ulloa contempló un ocultamiento total desde un navío en alta mar, observando curiosos fenómenos solares y lunares nunca antes descritos, lo que marcó un hito para la ciencia española de la Ilustración.