Un informe de la Organización Meteorológica Mundial señala que en 2025 las comunidades procedentes de estos países se vieron afectadas por graves episodios de calor, sequías, lluvias extremas, ciclones tropicales y el calentamiento de los océanos, lo que agudizó los riesgos a los que se someten los ecosistemas terrestres y marinos.
A lo largo de algunas zonas costeras del Atlántico tropical y el Caribe, el nivel del mar subió a un ritmo más rápido que la media mundial. La acidificación y el calentamiento de los océanos prosiguieron sin cese, y ello agudizó los riesgos a los que ya estaban sujetos los ecosistemas marinos y la pesca, según el informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) 'Estado del clima en América Latina y el Caribe 2025'.
"Las señales de un clima cambiante son inequívocas en toda América Latina y el Caribe, desde la reducción acelerada de los glaciares y el aumento del nivel del mar hasta la rápida intensificación de los ciclones tropicales, el calor extremo, las crecidas y las sequías", dijo la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo.
"En este informe se evidencia el incremento de los riesgos, pero también el aumento de nuestra capacidad de anticipación y de actuación para salvar vidas y proteger medios de subsistencia", afirmó.
Un buen ejemplo de ello es el huracán Melissa. En octubre de 2025 fue el primer huracán en tocar tierra en Jamaica como sistema de categoría 5 del que se tiene constancia. Provocó 45 víctimas mortales y pérdidas económicas valoradas en aproximadamente 8 800 millones de dólares de los Estados Unidos, es decir, más del 41 % del producto interno bruto (PIB) del país.
A pesar de que Melissa no tenía precedentes históricos, las autoridades jamaicanas recurrieron a la modelización de riesgos de alta calidad para orientar la adopción de medidas financieras anticipadas y fundamentar las actividades de preparación frente a desastres, lo que limitó el número de fallecidos y ayudó a la isla a enfrentar la situación.
Otro riesgo importante es el calor extremo, que impone una carga cada vez mayor a los sistemas de salud pública. En 2025, olas de calor recurrentes e intensas, con temperaturas muy por encima de los 40 °C, afectaron a amplias zonas de América del Norte, América Central y América del Sur.
Por tanto, urge incorporar los conocimientos climáticos en las iniciativas de planificación del ámbito de la salud y en las actividades de preparación para situaciones de emergencia, y las alertas tempranas meteorológicas deben integrarse sin demora en los sistemas que activan medidas de salud pública.
Muchos países no publican de forma sistemática datos sobre la mortalidad por calor categorizados según cada causa concreta. Al tomar el promedio calculado para 17 países, se estima que entre 2012 y 2021 se produjeron aproximadamente 13 000 muertes anuales atribuibles al calor.
Estas cifras sugieren una notable subestimación de la mortalidad relacionada con el calor y revelan la necesidad de mejorar los procesos de notificación de datos, según se apunta en el informe.
En la publicación también se analiza la exposición de los sistemas agroalimentarios a fenómenos meteorológicos extremos y a perturbaciones climáticas que conllevan impactos simultáneos en la producción agrícola, los medios de subsistencia rurales, el acceso a los alimentos y el funcionamiento de los mercados.
El informe sobre el estado del clima en América Latina y el Caribe se ha presentado en el auditorio Olacyr de Moraes ubicado en el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAPA), en Brasilia (Brasil). En él se proporciona información fidedigna sobre los indicadores climáticos y los riesgos y los impactos asociados al clima y el tiempo, sin olvidar los principales episodios extremos acaecidos a escala regional, como ciclones tropicales, olas de calor, lluvias intensas, sequías y olas de frío.
De los cuatro períodos de 30 años evaluados en el informe, el comprendido entre 1991 y 2025 muestra la tendencia al calentamiento más intensa desde que empezaron a recopilarse conjuntos de datos en 1900: aproximadamente 0,26 °C por decenio en América del Sur y 0,25 °C por decenio en América Central y el Caribe. México experimentó el ritmo de calentamiento más rápido de la región, alrededor de 0,34 °C por decenio entre 1991 y 2025.
En 2025, la temperatura media anual en superficie se situó entre la quinta y la octava más elevada de la que se tiene constancia.
Los episodios de calor fueron históricos en el conjunto de la región, y cabe destacar los 52,7 °C de Mexicali (México) —un nuevo récord nacional— y múltiples olas de calor que superaron los 40 °C-45 °C en toda América Central. En muchos lugares de América del Sur también se dieron temperaturas superiores a los 40 °C, como los 44 °C de Río de Janeiro (Brasil) y los 44,8 °C de Mariscal Estigarribia (Paraguay).
En los últimos 50 años, aproximadamente, las lluvias en América Latina y el Caribe se han vuelto más extremas. Ahora se oscila entre episodios de sequía y lluvias torrenciales en el marco de períodos secos más prolongados y episodios húmedos más intensos.
Las precipitaciones fuertes han aumentado en América Central y en el norte de América del Sur, en particular en Colombia, la República Bolivariana de Venezuela y la franja amazónica. En el sureste de América del Sur (el sur del Brasil, el Uruguay y el norte de la Argentina) también se han incrementado las precipitaciones anuales y las crecidas son más frecuentes.
En el centro de Chile, el noreste del Brasil y algunas zonas de América Central y el Caribe se están imponiendo condiciones más secas. La región amazónica presenta un panorama mixto, con estaciones secas más largas, episodios extremos más intensos durante la estación de las lluvias y sequías más frecuentes en la Amazonía meridional y oriental.
En 2025, las lluvias extremas y las inundaciones acarrearon graves consecuencias humanitarias: más de 110 000 personas afectadas en el Perú y el Ecuador fruto de las crecidas de marzo, 83 víctimas mortales en México a causa de las crecidas de octubre, deslizamientos de tierra generalizados y amplios daños en las infraestructuras.
Junio de 2025 fue el mes más lluvioso jamás registrado en México. A pesar de ello, la sequía castigó las regiones del norte y el centro del país, y en su momento álgido afectó al 85 % del territorio nacional y sumió cultivos y embalses en una crisis hídrica. Hubo una grave escasez de agua en el Caribe y un déficit de precipitaciones de más del 40 % en algunas partes del sur de América del Sur, lo que agudizó las pérdidas agrícolas y agravó el riesgo de incendios forestales.
Los glaciares andinos constituyen una torre de agua vital para aproximadamente 90 millones de personas, ya que suministran agua dulce para consumo doméstico, generación de energía hidroeléctrica y usos agrícolas e industriales.
El conjunto de datos sobre el balance mundial de masas de los glaciares, de reciente creación, muestra la pérdida acelerada de masa de los glaciares de las regiones de alta montaña de los Andes meridionales, así como de los glaciares tropicales de regiones de latitudes bajas como Colombia y el Ecuador.
En una coyuntura en la cual convergen la aceleración de la pérdida de hielo, el aumento de la demanda de agua y una capacidad de adaptación limitada— en especial entre las comunidades rurales andinas— el futuro de la torre de agua andina es uno de los desafíos más apremiantes para la seguridad hídrica de América Latina.
El 8,8 % del litoral mundial se encuentra en América Latina. El océano absorbe el exceso de calor y el dióxido de carbono generado por la actividad humana. Como resultado, aumenta la temperatura del océano y sus aguas se acidifican, y estos efectos, sumados a la desoxigenación, degradan los ecosistemas marinos y deterioran los arrecifes de coral, perjudicando a la pesca y a las economías locales.
En 2025, el pH de la superficie del océano siguió disminuyendo (acidificación) y alcanzó un mínimo histórico en amplias partes del Atlántico y el Pacífico adyacentes a la región.
Se produjeron olas de calor marinas de categoría extrema en el golfo de México y el mar Caribe, así como en la zona oceánica situada junto a Chile.
A lo largo de determinadas zonas costeras bañadas por el Atlántico tropical y el Caribe, el nivel del mar subió a un ritmo más rápido que la media mundial.