Rafael Bachiller es astrónomo y director del Observatorio Astronómico Nacional y del Real Observatorio de Madrid. Como presidente de la Comisión Científica del Trío de Eclipses nos cuenta sus sensaciones antes de la histórica cita del próximo 12 de agosto.
La península llevaba sin presenciar un eclipse total de sol desde el 17 de abril de 1912. La espera, de más de un siglo, habrá merecido la pena, ya que justo dentro de dos meses, con un eclipse que cruzará el país, se inaugura una excepcional trilogía de eclipses que se completará en 2027 y 2028. Al frente de la estrategia científica y de divulgación de este acontecimiento se encuentra Rafael Bachiller, astrónomo y director del Observatorio Astronómico Nacional (OAN) y del Real Observatorio de Madrid (IGN).
Bachiller es un referente internacional en el estudio de la formación estelar y las nebulosas planetarias, campos en los que ha publicado más de 300 artículos científicos, y destaca por el descubrimiento de algunas de las protoestrellas más jóvenes conocidas.
Reconocido además por su prolífica labor divulgativa —con cerca de mil artículos y varios libros en su haber—, ha sido galardonado recientemente con el Premio Nacional de la Sociedad Geográfica y el Premio COSCE 2026, que se suman al Premio de Comunicación Científica del CSIC y la Fundación BBVA, institución a la que acudió hace unos días para ofrecer una interesante conferencia.
Designado como presidente de la Comisión Científica del Trío de Eclipses, Bachiller analiza en esta entrevista con SINC el valor de este fenómeno más allá del turismo astronómico, los retos técnicos de su observación y las claves para vivirlo de forma segura.
De cara al eclipse, se está haciendo mucho hincapié en su aspecto divulgativo, incluso de turismo astronómico, pero no hay que olvidar que los eclipses sirvieron también para validar la relatividad general o descubrir el helio. Hoy en día, con telescopios espaciales de última generación analizando el Sol constantemente, ¿eventos así guardan también algún valor para los astrónomos de cara a su investigación?
Desde que, en 1930, Bernard Lyot inventó el coronógrafo —una máscara para ocultar el disco solar que va instalada en muchos telescopios solares—, los astrónomos podemos producir ‘eclipses’ artificialmente a demanda. Ya no dependemos de los fenómenos naturales para realizar descubrimientos tan revolucionarios como la confirmación de la relatividad general o la identificación del helio.
Sin embargo, los eclipses totales de Sol siguen teniendo un importante valor científico. La principal razón es que los coronógrafos instalados en telescopios terrestres y espaciales siempre generan cierta luz difusa por difracción, y tienen limitaciones para estudiar las zonas más próximas al borde solar. Pero, durante un eclipse, la Luna actúa como un coronógrafo natural extraordinariamente eficaz. Durante los pocos minutos de totalidad, bloquea por completo la brillante fotosfera solar y permite observar con gran detalle las regiones más internas de la corona, la tenue atmósfera más exterior del Sol.
Por ello, siguen siendo muy útiles para investigar cuestiones que continúan abiertas en física solar. Entre ellas destacan el calentamiento de la corona —que alcanza temperaturas de millones de grados, muy superiores a la superficie solar—, el origen y aceleración del viento solar, la estructura fina de los campos magnéticos o la evolución de las eyecciones de masa coronal que pueden afectar al entorno terrestre. En resumen: los eclipses ya no son imprescindibles para estudiar el Sol, pero siguen siendo el mejor laboratorio para observar con detalle las regiones más internas de la corona solar.

Los eclipses ya no son imprescindibles para estudiar el Sol, pero siguen siendo el mejor laboratorio para observar con detalle las regiones más internas de la corona solar

El eclipse ocurrirá a última hora de la tarde, muy cerca del horizonte en casi toda la Península. Desde el punto de vista de la observación atmosférica y la distorsión, ¿es un obstáculo técnico o podría suponer una ventaja para algún tipo de estudio?
La principal dificultad de tener al Sol a tan baja elevación es que la luz solar debe atravesar una capa mucho más gruesa de atmósfera que cuando el Sol está alto en el cielo. Esto provoca una mayor absorción y dispersión de la luz, una pérdida de contraste y un mayor efecto de la turbulencia atmosférica, lo que degrada la calidad de las imágenes. Además, fenómenos como la refracción atmosférica deforman ligeramente el disco solar, haciéndolo aparecer achatado cerca del horizonte.
Sin embargo, esta misma circunstancia puede resultar interesante para determinados estudios. Por ejemplo, permite analizar con gran precisión los efectos de la atmósfera terrestre sobre la propagación de la luz o medir parámetros de refracción atmosférica.
Pero, sobre todo, desde el punto de vista divulgativo existe una ventaja muy llamativa: un Sol bajo en el horizonte parece visualmente más grande debido a una ilusión óptica, y el paisaje terrestre adquiere un protagonismo que no suele tener en los eclipses observados en lo alto del cielo. Sin duda, esta configuración va a dar lugar a imágenes espectaculares en las que el eclipse será captado junto a monumentos, montañas o perfiles urbanos. Para la observación astronómica pura tener el Sol tan bajo supone más un reto que una ventaja, pero generará imágenes paisajísticas verdaderamente extraordinarias.

Un Sol bajo en el horizonte parece visualmente más grande debido a una ilusión óptica, y el paisaje terrestre adquiere un protagonismo inédito. Dejará imágenes espectaculares junto a monumentos y perfiles urbanos

En su recorrido por la historia, los eclipses suelen aparecer asociados a malos augurios. ¿Pero cuándo empieza la humanidad a mirar un eclipse con curiosidad científica en lugar de con terror religioso? ¿Hay algún registro o efeméride histórica que le llame especialmente la atención, un cambio de paradigma?
La asociación entre eclipses y malos presagios es muy antigua y aparece en numerosas civilizaciones, desde Mesopotamia hasta la Europa medieval. Sin embargo, la curiosidad científica por estos fenómenos también es ancestral y, de hecho, ambas visiones convivieron durante siglos.
Se adivinan cambios en la forma de mirar los eclipses ya en las civilizaciones astronómicamente avanzadas de la Antigüedad. Por ejemplo, los astrónomos babilonios ya sabían, varios siglos antes de nuestra era, que los eclipses seguían ciclos predecibles, como el ciclo Saros. Cuando un fenómeno puede predecirse, deja de ser completamente sobrenatural y pasa a convertirse en objeto de estudio. Un momento especialmente simbólico es el eclipse solar del año 585 a.C., tradicionalmente asociado a Tales de Mileto. Según las fuentes clásicas, Tales predijo un eclipse que interrumpió una batalla entre medos y lidios. Así pues, también para los griegos un eclipse podía explicarse mediante leyes naturales y no únicamente mediante la voluntad de los dioses.
Ha sido un cambio muy grande hasta hoy, cuando el eclipse es seguido por tantas personas...
Así y todo, creo que el verdadero cambio de paradigma debió de ser gradual. Incluso cuando los astrónomos podían calcular eclipses con bastante precisión, mucha gente continuaba viéndolos como señales divinas.
Personalmente, me parece muy significativo el eclipse observado por Edmond Halley en 1715 sobre Inglaterra. Fue uno de los primeros cuya trayectoria se predijo con notable exactitud, se comunicó previamente al público y se organizaron actividades de ciencia ciudadana. Cuando el fenómeno ocurrió exactamente tal y como se había anunciado, se reforzó enormemente la confianza en la ciencia.
Desde este momento, los eclipses pasaron definitivamente de ser mensajes de los dioses a convertirse en auténticos laboratorios científicos. Se sustituyó, de una vez por todas, el miedo por el conocimiento. Paradójicamente, los eclipses siguen despertando hoy la misma emoción y fascinación que hace miles de años, pero la gran diferencia es que ahora esa emoción no nace de ningún temor, sino del conocimiento de las maravillas de las leyes de la física.

El eclipse observado por Edmond Halley en 1715 sobre Inglaterra fue uno de los primeros cuya trayectoria se predijo con notable exactitud, se comunicó previamente al público y se organizaron actividades de ciencia ciudadana

El eclipse cruzará grandes áreas de la llamada ‘España vaciada’ (Burgos, Palencia, Ávila, Soria, Teruel) en pleno agosto. Sin ánimo de que nos revele la intimidad de sus planes vacacionales, ¿ha escogido ya el lugar privilegiado desde el que ver el fenómeno?
Mi lugar lo tengo escogido desde que tuve conocimiento del eclipse: es el Observatorio de Yebes, en Guadalajara, con el que el Observatorio Astronómico Nacional formamos una unidad inseparable bajo el paraguas del Instituto Geográfico Nacional. Pasé en Yebes muchos años, llegando a ser su director en el año 2002. Es un privilegio que un eclipse solar total suceda exactamente en un sitio tan entrañable para mí y no pienso desperdiciar la oportunidad. La totalidad en Yebes durará 1 minuto y 1 segundo.
Con respecto al último fenómeno similar que tuvimos en España (el eclipse de 2005, aunque aquel no fue total), han cambiado algunas cosas. Las recomendaciones de seguridad son las mismas, pero ahora existe una proliferación de gafas o filtros en plataformas de comercio electrónico, muchos de ellos sin certificar. ¿Cuál es la mayor preocupación de la Comisión Científica a este respecto?
Efectivamente, nuestra mayor preocupación no es el eclipse en sí, sino la falsa sensación de seguridad que pueden transmitir algunos productos no certificados. Mirar el Sol con una protección inadecuada puede causar daños irreversibles en la retina.
Únicamente durante los breves minutos de totalidad, cuando el Sol queda completamente cubierto por la Luna, puede observarse el eclipse a simple vista. Sin embargo, antes y después de esa fase es imprescindible utilizar la protección adecuada. Por eso, desde la Comisión Científica, estamos insistiendo hasta la extenuación en la necesidad utilizar únicamente “gafas de eclipse” homologadas (norma ISO 12312-2: 2015), con el marcado CE y adquiridas a través de canales fiables.
Al comprarlas hay que comprobar que se encuentran en perfecto estado y desconfiar de cualquier producto que presente arañazos, perforaciones o defectos. Asimismo, conviene recordar que las gafas de sol convencionales, los cristales ahumados, los negativos fotográficos, los CDs o cualquier solución casera nunca son seguros, y jamás deben utilizarse para observar el Sol.