Un modelo demográfico reconstruye la historia de las lenguas durante los últimos 12 000 años y sitúa su ‘edad de oro’ hace entre 3 000 y 1 000 años, cuando pudieron coexistir decenas de miles. A aquel apogeo le siguió un rápido declive que comenzó antes del colonialismo moderno y continúa en la actualidad.
En el mundo existen hoy unas 7 500 lenguas, entre orales y de signos, con una enorme variedad de vocabularios, estructuras gramaticales, sonidos, signos y reglas de uso. Sin embargo, cerca de 5 000 millones de personas utilizan al menos una de las diez más extendidas, mientras que casi la mitad de las lenguas están amenazadas y al menos cuatro se pierden cada año.
Esta reducción se ha acentuado durante los últimos siglos a medida que un pequeño número de lenguas dominantes se ha extendido por todo el mundo. Sin embargo, el nuevo estudio indica que el declive no ha sido constante desde el final de la última glaciación.
Un estudio que publica la revista Science reconstruye una trayectoria de auge y declive, en lugar de una disminución constante. Al comienzo del Holoceno, hace unos 12 000 años, probablemente había menos lenguas que en la actualidad: las estimaciones oscilan entre unas 3 300 y 7 800, con los valores más probables entre 4 500 y 6 200.
Durante los milenios siguientes, la diversidad lingüística creció junto con la población humana hasta alcanzar su máximo hace entre 3 000 y 1 000 años. En ese apogeo pudieron coexistir decenas de miles, frente a las aproximadamente 7 500 actuales.
“Al principio, el número de lenguas aumenta al ritmo del crecimiento demográfico global hasta esa ‘edad dorada de la diversidad lingüística’”, explica a SINC Damián Blasi, investigador ICREA de Ciencias Sociales y del Comportamiento y primer firmante del estudio.
A ese apogeo le siguió un declive especialmente rápido durante los últimos dos milenios. “Nuestros métodos no permiten determinar con seguridad la razón de esa caída tan brusca, pero creemos que podría estar asociada con la aparición de unidades políticas multinacionales en la Edad de Hierro, como los primeros imperios, que absorbieron o eliminaron otros grupos más frágiles y pequeños. Pero en este punto no podemos determinarlo con certeza”, precisa Blasi.

Esa caída tan brusca de la diversidad lingüística, especialmente acusado durante los últimos dos milenios, podría estar asociado con la aparición de los primeros imperios, que absorbieron o eliminaron grupos más frágiles y pequeños

Según el estudio, el declive fue tan rápido que, en algunos momentos de los últimos 3 000 años, la tasa de desaparición de lenguas debió de ser superior incluso a la prevista en los pronósticos más pesimistas para 2100.
Los resultados contradicen tanto la idea de que la diversidad lingüística comenzó a disminuir con las expansiones asociadas a la agricultura como la hipótesis de que se mantuvo relativamente estable hasta la llegada del colonialismo moderno.
Los autores sostienen que la crisis actual es la culminación de un proceso de homogeneización cultural mucho más antiguo. El modelo no permite identificar las causas concretas de la desaparición de lenguas en cada época o región, pero los investigadores apuntan como posibles factores a la intensificación de los contactos entre sociedades de tamaños muy diferentes y a la expansión de grandes unidades políticas.
“No sabemos con exactitud qué ocurrió, pero creemos que tiene que ver con la mayor intensidad del contacto entre poblaciones de escalas muy distintas desde la Edad de Hierro”, reitera Blasi.
La expansión de determinados grupos difundió también sus lenguas, tecnologías, formas de organización y modos de vida. En muchos casos, las comunidades más pequeñas adoptaron las lenguas de las poblaciones dominantes. El contacto favoreció además la homogeneización lingüística, por lo que las aproximadamente 7 500 lenguas actuales no constituyen una muestra representativa de toda la diversidad que llegó a existir.
El colonialismo intensificó después un proceso que ya estaba en marcha. “Las expansiones coloniales redujeron la diversidad lingüística de forma directa, por ejemplo, mediante políticas que favorecían una o unas pocas lenguas en territorios multilingües o mediante la supresión de grupos; y también indirectamente, al forzar la migración de comunidades que abandonaron sus lenguas o al propagar enfermedades que diezmaron poblaciones enteras”, indica el investigador.
El estudio subraya que la supervivencia de determinadas lenguas y rasgos culturales no se debió necesariamente a que resultaran más útiles o eficientes. Pudo depender de ventajas de las poblaciones que los transmitían, como la tecnología militar, la organización política o la inmunidad frente a determinados patógenos.
Las lenguas que han llegado hasta nuestros días representan solo una parte de la diversidad desarrollada durante la historia humana. Esta reducción masiva y sesgada también habría condicionado los rasgos lingüísticos que observamos hoy, desde los vocabularios y sonidos hasta las estructuras gramaticales.
Blasi explica a SINC que una parte de su trabajo se centra ahora precisamente en comprender qué desaparece cuando se pierde una lengua. Aunque este estudio no permite reconstruir palabras o estructuras concretas ya extinguidas, sí muestra la magnitud de esa pérdida.

Hemos perdido la mayor parte de la diversidad lingüística desarrollada durante cientos o miles de generaciones. La naturaleza humana es probablemente mucho más rica y diversa de lo que nuestras teorías actuales permiten predecir

“Nuestro estudio revela que, muy recientemente en la historia, hemos perdido posiblemente la mayor parte de la diversidad lingüística que se desarrolló lentamente durante cientos, quizá miles, de generaciones humanas”, destaca. “Eso implica que nuestro modelo de lo que las lenguas pueden ser está fatalmente limitado y que la naturaleza humana probablemente es mucho más rica y diversa de lo que nuestras teorías actuales permiten predecir”.
Los autores recalcan que la desaparición no afecta únicamente a las lenguas. Con ellas también se pierden conocimientos científicos y culturales, prácticas religiosas, sistemas de parentesco, formas de organización social y maneras de relacionarse con el entorno. La actual crisis lingüística sería así la etapa más reciente de una pérdida cultural que comenzó mucho antes de la expansión colonial.