La cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos aumentarán su capacidad de producción de alimentos, mientras que buena parte del interior y del centro-este peninsular la perderán, según un nuevo índice desarrollado por el CSIC. Sus proyecciones indican que casi la mitad de la población mundial podría vivir a mediados de siglo en zonas con un potencial productivo en declive.
El cambio climático ya está modificando el potencial de producción de alimentos en amplias regiones del planeta. Para medir ese impacto y anticipar su evolución, investigadores del Instituto de Análisis Económico (IAE) del CSIC han desarrollado CADI (Climate-Driven Agricultural Decline Index), una plataforma que proyecta cómo evolucionará la capacidad máxima de producción de las tierras de cultivo hasta el año 2100 con una resolución de diez por diez kilómetros.
La herramienta estima la pérdida de productividad atribuible exclusivamente al clima, sin considerar medidas de adaptación como la introducción de nuevos cultivos, cambios en las prácticas agrícolas o mejoras tecnológicas. Para ello compara la productividad biofísica máxima de cada territorio bajo distintos escenarios climáticos, manteniendo constante la distribución de cultivos observada en 2020.
Según los resultados, alrededor del 16 % de las tierras de cultivo del mundo ya ha perdido más del 10 % de su potencial productivo entre los periodos 1981-2000 y 2001-2020.
Las regiones tropicales concentran las mayores pérdidas, mientras que algunas zonas situadas en latitudes altas podrían aumentar su capacidad de producción. En Europa, el norte del continente y las áreas de mayor altitud —como Escandinavia, Finlandia, Escocia o los Alpes— salen beneficiados, mientras que el sur pierde potencial.
En España, Hannes Mueller, investigador del IAE-CSIC, explica que “se reproduce a pequeña escala el patrón mundial: la cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos ganan productividad, mientras que buena parte del interior y del centro-este peninsular la pierde, incluyendo zonas en las que se concentran pérdidas severas”.

En España, se reproduce a pequeña escala el patrón mundial: la cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos ganan productividad, mientras que buena parte del interior y del centro-este peninsular la pierde

Los autores matizan que “las ganancias más extremas de las latitudes altas parten de niveles de producción muy bajos: son enormes en porcentaje, pero modestas [si se miden] en calorías absolutas.”
En la actualidad, alrededor del 15 % de la población mundial reside en áreas que ya han perdido al menos un 5 % de su potencial productivo. Según las proyecciones de CADI, en un escenario de calentamiento medio-alto, con un aumento aproximado de la temperatura global de 2,1 ºC, casi el 49 % de la población podría vivir entre 2041 y 2060 en regiones donde esa capacidad continúe disminuyendo.
El modelo también muestra que una pequeña parte del territorio concentrará una proporción muy elevada de las pérdidas. Solo un 5 % de las tierras agrícolas situadas en zonas tropicales acumula ya el 35 % del descenso global estimado y, a mediados de siglo, una cuarta parte de los países concentrará entre el 85 % y el 90 % de las pérdidas mundiales.
Esta desigualdad también se reproduce dentro de un mismo país. Los investigadores señalan que “esto plantea un reto incluso donde la productividad aumenta: las ganancias desplazan el peso de la agricultura hacia nuevas zonas y obligan a reasignar tierra, agua e inversión dentro de las fronteras nacionales.” Estas “tensiones distributivas” pueden “alimentar conflictos no solo entre países, sino también en el interior de cada uno.”
Además, los países que menos han contribuido históricamente a las emisiones acumuladas de CO₂ figuran entre los más vulnerables a estas pérdidas, una brecha que, según el estudio, se ampliará con el tiempo.
El cambio climático podría reducir la capacidad de producción agrícola en amplias zonas del sur de Europa, según la plataforma CADI. / CSIC
Los investigadores sostienen que las estimaciones de CADI pueden ayudar a identificar las zonas que requerirán mayores esfuerzos de adaptación y facilitar la planificación de políticas agrarias.
La adaptación exigirá nuevas tecnologías, cambios en los cultivos y, en algunos casos, el traslado de la producción a otras regiones. Sin embargo, la capacidad para afrontar esa transformación es muy desigual, lo que deja a pequeños agricultores y territorios con menos recursos en una situación de mayor vulnerabilidad.
Según explican en la web del proyecto, “cuando los rendimientos bajan, los impactos se propagan en todos los sentidos: la inseguridad alimentaria aumenta, los ingresos rurales disminuyen y las comunidades se enfrentan a decisiones difíciles sobre la migración y el cambio de medios de vida.”
Los autores concluyen que localizar con antelación las áreas más expuestas permitirá dirigir mejor los recursos, diseñar medidas de adaptación más eficaces y reforzar las políticas de justicia climática.