Un equipo internacional ha identificado estructuras compatibles con glóbulos rojos en el hueso de un terópodo de hace 115 millones de años. Serían las más antiguas de dinosaurio con restos de hemo, la parte de la hemoglobina que transporta el oxígeno, según publica PNAS.
Cuando un animal muere, su sangre es de lo primero que desaparece. Por eso sorprende el hallazgo en los huesos de un pequeño dinosaurio que vivió hace 115 millones de años en el noreste del actual Brasil. En ellos han aparecido estructuras con forma de glóbulo rojo que todavía contienen restos químicos de su sangre. Así lo describe un estudio internacional firmado por una treintena de investigadores en la revista PNAS.
Encontrar algo así es excepcional. Durante la fosilización, los tejidos blandos se descomponen y los huesos se van convirtiendo en roca, así que casi nunca queda rastro de las moléculas originales del animal. Desde los años noventa, algunos equipos han descrito vasos, células y proteínas en huesos de Tyrannosaurus rex y otros dinosaurios. Pero muchas de esas estructuras se han reinterpretado después como bacterias, minerales o contaminación reciente.
Esta vez, los investigadores no se han quedado en la forma y han analizado también su química. Dentro de las estructuras han detectado hemo, la pieza con hierro de la hemoglobina, que es la proteína que transporta el oxígeno y da a la sangre su característico color rojo. Según los autores, son los glóbulos rojos de dinosaurio más antiguos conocidos con restos de esta molécula.
“No hemos encontrado un frasco de sangre de dinosaurio. Hemos encontrado un eco mineral y molecular extraordinario de su biología original”, resume a SINC Kliti Grice, autora principal del trabajo, de la Universidad Curtin (Australia).
El protagonista es Aratasaurus museunacionali, un dinosaurio carnívoro juvenil de unos tres metros de largo, pariente lejano de las aves. Su nombre significa “nacido del fuego”, porque el fósil sobrevivió al incendio que arrasó el Museo Nacional de Brasil en 2018. Se halló en 2008 en el estado de Ceará, en uno de los yacimientos con fósiles mejor conservados del mundo.
Para comprobarlo, el equipo examinó el hueso al microscopio electrónico. Dentro de los canales por los que pasaban los vasos sanguíneos encontró muchas estructuras ovaladas, de unas 23 milésimas de milímetro. Contenían hierro, carbono y nitrógeno, los ingredientes del hemo, y se habían convertido en mineral.
La gran duda era si esa química venía del dinosaurio o de los microbios que lo rodeaban. Por eso, los investigadores compararon el hueso con la roca que lo envolvía. En el hueso dominaba el hemo; en la roca, la clorofila de los microorganismos. “No los identificamos solo porque parecieran glóbulos rojos. Descartamos otras explicaciones, como que fueran microbios o simples minerales”, explica Grice.

No hemos encontrado un frasco de sangre de dinosaurio. Hemos encontrado un eco mineral y molecular extraordinario de su biología original

Según el equipo, el dinosaurio quedó enterrado bajo una especie de alfombra de bacterias, sin oxígeno, que frenó su descomposición. Después, un mineral de manganeso habría ayudado a conservar las células. Lo que más sorprendió a Kliti Grice fue ver cómo encajaba todo: “Cuando la ubicación, la forma, los minerales y la química empiezan a contar la misma historia, se vuelve extraordinariamente emocionante”.
Las estructuras identificadas como glóbulos rojos son más grandes y redondas que las equivalentes en las aves y los cocodrilos actuales, sus parientes vivos más cercanos. Los autores creen que pudieron deformarse al mineralizarse. También reconocen que no pueden descartar del todo que parte del hemo proceda de microbios, y que no se conservan proteínas completas, sino fragmentos.
“La presencia de glóbulos rojos está bien fundamentada, tanto en la forma, tamaño como en la química del grupo hemo”, valora para SINC Ángela Delgado Buscalioni, paleontóloga de la Universidad Autónoma de Madrid que ha estado al frente de las investigaciones en el yacimiento de Las Hoyas (Cuenca) y que no ha participado en el estudio.
Para ella, el trabajo aporta un retrato preciso de cómo se transforman las células de la sangre durante la fosilización. Y le resulta familiar: el proceso de conservación gracias a los tapetes microbianos es “equivalente al de Las Hoyas”, donde se han preservado igualmente bacterias y células. La investigadora cree que esta información molecular “está presente en muchos más yacimientos y fósiles que los que inicialmente pensábamos”.
Según Grice, estas moléculas podrían dar acceso a otra capa de la biología de los dinosaurios, más allá de sus huesos, aunque pide prudencia: “Todavía no deberíamos usar este hallazgo para hacer afirmaciones detalladas sobre la fisiología de Aratasaurus”, recalca.

La presencia de glóbulos rojos está bien fundamentada, tanto en la forma, tamaño como en la química del grupo hemo

El siguiente paso es estudiar fósiles de otras edades y ambientes para saber si esta conservación es excepcional o si simplemente no se había buscado con las técnicas adecuadas. Para Grice, España es un buen lugar para hacerlo, y no solo en el campo: “Algunos de los descubrimientos moleculares más extraordinarios pueden estar ya en colecciones de museos de todo el mundo”.
Referencia:
Grice, K. et al. ‘Heme signatures in mineralized red blood cells within vascular canals of a 115-million-year-old dinosaur bone’. PNAS (2026). DOI: 10.1073/pnas.2614248123