El análisis del microbioma en basureros arqueológicos de las culturas paleoesquimales y vikingas permite reconstruir su dieta o enfermedades, aunque el deshielo del permafrost plantea dudas sobre el resurgimiento de patógenos del pasado.
Groenlandia alberga una historia de asentamientos humanos tan prolongada como compleja. Por sus tierras han pasado diversas culturas paleoesquimales desde aproximadamente el año 2500 a. C., los descendientes de los vikingos entre los siglos X y XV, y los colonizadores daneses a partir de 1721. Todos ellos dejaron huellas indelebles en el paisaje, a menudo en forma de antiguos vertederos domésticos. Estos basureros arqueológicos, compuestos por restos de huesos de animales, excrementos, conchas de moluscos y artefactos humanos, representan una mina de oro para la arqueología tradicional, pero ahora también para la microbiología.
Un equipo internacional de investigadores ha recurrido a la secuenciación de ADN para reconstruir las comunidades bacterianas completas atrapadas en estos desechos congelados por el permafrost. El estudio, publicado este miércoles en la revista Frontiers in Microbiology, demuestra que estos cúmulos de basura funcionan como experimentos naturales a largo plazo, capaces de conservar las señales biológicas de la actividad humana y ganadera durante siglos. Además, ante el acelerado calentamiento del Ártico, que avanza entre tres y cuatro veces más rápido que la media global, el trabajo evalúa si el deshielo de estos depósitos podría liberar enfermedades infecciosas del pasado.
“En este trabajo demostramos que el riesgo de liberación de patógenos antiguos desde estos vertederos históricos en Groenlandia es actualmente bajo”, tranquiliza Frank Møller Aarestrup, profesor del Instituto Nacional de Alimentación de la Universidad Técnica de Dinamarca y autor principal del artículo. “Lo que hemos encontrado, en cambio, es que las señales bacterianas asociadas a humanos y animales, incluyendo bacterias oportunistas y otras portadoras de genes de resistencia a los antibióticos, siguen siendo detectables muchos siglos después como el legado de la actividad humana, como la ganadería que practicaban los antiguos nórdicos”.
Durante las campañas de campo de 2020 y 2021, los científicos recolectaron muestras en el oeste y sur de Groenlandia que abarcaban 4.500 años de ocupación humana. En enclaves vikingos como Kapisillit y Narsarsuaq, también tomaron muestras de suelo de antiguos establos de invierno y pastizales de verano. Tras secuenciar el material genético, identificaron entre 9 y 202 especies bacterianas por vertedero, sumando un total de 1207 especies. Curiosamente, muchas de ellas no habían sido descritas formalmente hasta la fecha, lo que subraya el enorme desconocimiento científico que aún rodea a los suelos árticos.
Los resultados muestran que los vertederos presentan comunidades bacterianas significativamente más ricas que los suelos vírgenes circundantes. No obstante, la huella microbiana varía según la antigüedad y el tipo de residuo. Los basureros de las culturas paleoesquimales, por ejemplo, mostraron comunidades más similares a las del suelo natural, lo que sugiere que el impacto microbiológico se va difuminando con el paso de los milenios.
En la mayoría de los yacimientos predominaban bacterias que habitan de forma natural en el interior o la superficie de huéspedes humanos y animales. Entre los hallazgos destacan microorganismos inocuos procedentes de las heces humanas, pero también bacterias potencialmente peligrosas. Es el caso de Clostridium baratii, causante del botulismo, o Paeniclostridium sordellii, un patógeno capaz de provocar afecciones letales como el síndrome de choque tóxico, sepsis y gangrena gaseosa.
La especialización de cada vertedero quedó retratada en su perfil microbiano. Los depósitos de la época colonial temprana en Nuuk, repletos de pieles de foca en descomposición, mostraron una gran abundancia de Clostridium perfringens, una de las causas más comunes de intoxicación alimentaria actual. Por su parte, las muestras con canales de animales estaban dominadas por especies de Romboutsia, habitantes del intestino animal, mientras que los restos óseos de los asentamientos nórdicos destacaron por su riqueza en variedades no catalogadas de Proteobacteria y Clostridiaceae.
El análisis genómico también sacó a la luz una notable diversidad de genes asociados a la resistencia a los antimicrobianos. Al comparar capas de suelo antiguas y contemporáneas, los autores comprobaron que estos genes de resistencia pueden perdurar intactos en el permafrost durante cientos de años. Sin embargo, la distribución espacial de los patógenos indica que no se propagan lejos de los vertederos cuando estos sufren procesos de congelación y descongelación.
“El microbioma en el permafrost que se descongela parece ser reemplazado rápidamente por los microbios ambientales locales contemporáneos una vez que se liberan en las escorrentías de agua”, detalla Saria Otani, coautora de la investigación e investigadora en la misma institución danesa. Esta sustitución natural mitiga de forma drástica el peligro epidemiológico para las poblaciones actuales.
A pesar de los resultados optimistas, los científicos advierten de que no se puede bajar la guardia. “No sabemos si el riesgo de liberación de patógenos aumentará a medida que sigan subiendo las temperaturas, o si este fenómeno podría ser mayor en otras regiones del Ártico”, concluye Anders Priemé, profesor de la Universidad de Copenhague y último firmante del estudio. Por ello, el equipo recomienda que la caracterización del microbioma se incorpore de manera rutinaria en los protocolos de monitoreo de las excavaciones arqueológicas en zonas polares.
Referencia:
Frank Møller Aarestrup et al, “Microbial composition of archaeological middens: Tracing Human Footprints Through Centuries in Greenland's Ancient Settlements”, Frontiers in Microbiology, 2026, DOI: 10.3389/fmicb.2026.1809037