Este pasado 12 de agosto, millones de observadores en España se han extasiado admirando un espectáculo natural difícil de contemplar. Más allá de la astronomía, la visión de este fenómeno nos deja una huella psicológica: en tiempos antiguos era el terror, pero hoy es un asombro maravillado que tiende a unirnos en comunidad con nuestros semejantes.
“Sonaba como si las calles corriesen, y entonces las calles se quedaron quietas, eclipse era todo lo que podíamos ver en la ventana, y asombro era todo lo que podíamos sentir”. El 29 de septiembre de 1875 un eclipse anular de Sol lamió el rincón nororiental de EE UU antes de internarse en el Atlántico. Entre quienes estuvieron allí para presenciarlo se encontraba la poeta Emily Dickinson en su localidad natal de Amherst, Massachusetts.
A la autora le bastaron ocho versos, los de su poema 1397, para transmitir las emociones que provoca la visión de un eclipse, y que la sensibilidad y el talento literario saben revestir más allá de la mera descripción para construir con palabras el poso que deja una experiencia memorable. “La naturaleza llevaba un mandil opalino, mezclando aire más fresco”, concluía Dickinson, aludiendo a cómo la Tierra se vestía de faena durante esa turbidez del Sol eclipsado para finalmente aclarar los cielos cuando la luz regresaba.
Esta emoción, el asombro que provoca la contemplación del eclipse, ha cautivado a incontables millones de personas desde el principio de los tiempos. Y, como Dickinson, también otras grandes plumas de la literatura han dejado plasmada su vivencia. Uno de los textos más célebres es el de la británica Virginia Woolf, que en junio de 1927 viajó desde Londres al norte de Inglaterra para asistir a un eclipse total.
Woolf recogía en su narración la temperatura y el tono de los colores del eclipse, hasta que: “Rápidamente, muy muy deprisa, todos los colores se apagaron; se hizo más y más oscuro como en el inicio de un violento temporal”. Y luego: “Habíamos caído. Se había extinguido. No había color. La tierra estaba muerta”.
Si bien cada una de las escritoras refleja el momento a su manera, existe un sentimiento común, mezcla del asombro ante la belleza del espectáculo con un vago temor por la indefensión de saberse a merced de una naturaleza grandiosa, poderosamente incontrolable. Y que se disuelve en el alivio reconfortante cuando todo vuelve a una normalidad que, por unos instantes, parece casi rara: “Como si una pelota hubiese rebotado, la nube volvió a tomar su color, solo un escalofriante color etéreo, y así la luz regresó”, escribía Woolf.
Así ha sido para el ser humano desde que tenemos constancia de ello; pero mucho antes de que se conocieran las causas de los eclipses y se descartaran sus influjos mágicos, lo que predominaba, muy por encima de la admiración, era el miedo: “Antes de la astronomía moderna, los eclipses eran fenómenos auténticamente aterradores”, comenta a SINC Lisa Yaszek, profesora de estudios de ciencia ficción del Instituto Tecnológico de Georgia.
Eran los tiempos en que se creía que un dragón devoraba el Sol, o bien que este se apagaba debido a la intervención de los dioses. Las tradiciones asociaron la ocultación solar a sucesos luctuosos de gran trascendencia religiosa, como la crucifixión de Jesucristo o la muerte de Ibrahim, el hijo de Mahoma. El islam dedica una oración especial a los eclipses, salat al-kusuf, y los navajos solían encerrarse para meditar, absteniéndose de comer o de mirar al Sol.

Antes de la astronomía moderna, los eclipses eran fenómenos auténticamente aterradores

Estas prácticas espirituales o costumbristas son manifestaciones de cómo el poder de los eclipses para impresionarnos y sobrecogernos “ha inspirado un rico y variado despliegue de reflexiones intelectuales, religiosas y culturales por todo el mundo y a lo largo de la historia”, apunta a SINC la historiadora de la Universidad de Oxford Michelle Pfeffer. Dichas prácticas aún se preservan en culturas apegadas a sus tradiciones; en nuestro mundo moderno, esta huella se ha metamorfoseado en el uso de los eclipses como recursos argumentales de ficción.
Hubo, sin embargo, un momento histórico en el que la fascinación por la belleza del espectáculo se impuso definitivamente al pavor por la sensación de peligro: “El cambio más notable en el efecto emocional de los eclipses solares totales en el mundo occidental parece producirse en el siglo XIX”, cuenta a SINC Henrike Lange, historiadora de la Universidad de California en Berkeley y coeditora del libro Eclipse and Revelation: Total Solar Eclipses in Science, History, Literature, and the Arts (Oxford University Press, 2024).
Un grupo de personas contempla el eclipse de Sol del 21 de agosto de 2017 en el Parque Nacional del Gran Cañón, en EEUU. / NPS Photo
Según Lange, este cambio en la percepción de los eclipses, de la aprensión y el miedo al deseo de una experiencia única y emocionante, vino condicionado por varios factores; de manera especial, los grupos y viajes organizados por las nuevas sociedades astronómicas. “El siglo XIX fue una era realmente transformadora para la astronomía, quizá más que para cualquier otra ciencia, caracterizada por la transición de una labor exclusiva y elitista a una disciplina científica organizada con una próspera comunidad amateur”, dice la historiadora.

El siglo XIX fue una era transformadora para la astronomía, por la transición a una disciplina científica con una próspera comunidad amateur

Esto fue prominente en Europa y Norteamérica, sobre todo en Gran Bretaña. Allí la British Astronomical Association (BAA) nació como una comunidad que desde su fundación acogía a los astrónomos no profesionales, incluyendo a las mujeres, a las que se negaba el acceso a la Royal Astronomical Society (RAS). La novedosa afición a la astronomía aprovechó las técnicas de representación visual, sobre todo la naciente fotografía.
“La fotografía y las películas de los primeros tiempos también tuvieron un papel significativo en el cambio hacia la atracción emocional de las masas por los eclipses solares totales”, señala Lange. Las imágenes espectaculares de la corona solar durante las ocultaciones se divulgaban al gran público a través de las publicaciones impresas populares, y la primera película de un eclipse se filmó en 1900.
También por entonces la literatura comenzó a fijarse con mayor intensidad en estos fenómenos celestes. Ejemplos sobresalientes en la ficción fueron los clásicos de aventuras Las minas del rey Salomón (1885) de Henry Rider Haggard o Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889) de Mark Twain.
Entre las descripciones de vivencias reales como la de Dickinson, quizá la primera con suficiente trascendencia fuera la del austriaco Adalbert Stifter, que escribió sobre el eclipse del 8 de julio de 1842 en Viena.
Para Lange, el texto de Stifter puede considerarse un ejemplo de ese impacto emocional que comparten un observador del siglo XIX y otro del XXI: “Nunca, nunca en toda mi vida como en esos dos minutos me he sentido tan conmovido, conmovido por el asombro y la majestuosidad”, escribió el poeta.
El asombro de Stifter, el tipo de asombro maravillado que también hoy invade y domina a quien tiene la ocasión de contemplar un eclipse total, se ha convertido en objeto de estudio científico. En 2017 el psicólogo Sean Goldy, actualmente en la Universidad Johns Hopkins, aprovechó el ocultamiento solar que recorrió Norteamérica para analizar las publicaciones en la red social antes llamada Twitter de quienes se encontraban en el camino de totalidad, comparadas con las de usuarios en otras regiones.
Los resultados mostraron que las personas en la trayectoria del eclipse “exhibían más asombro y expresaban un lenguaje menos centrado en sí mismas y más prosocial, afiliativo, humilde y colectivo”, escribían Goldy y sus colaboradores. “Los fenómenos astronómicos como los eclipses solares han desempeñado un papel transformador en los colectivos sociales humanos como fuentes de asombro colectivo, inspiración y reconciliación”. Eso sí, los efectos observados se desvanecían pasadas 24 horas.
Esta conclusión de que, aunque sea de forma temporal, ese asombro refuerza los lazos de las comunidades y promueve la cohesión social y la atención hacia otros no es una observación aislada: estudios han acumulado evidencias de que esta emoción favorece el comportamiento prosocial, empequeñece el yo frente al nosotros y nos impulsa “a colaborar, a abrir la mente a las maravillas y a ver los patrones profundos de la vida”, escribía el psicólogo Dacher Keltner, de la Universidad de California en Berkeley, en su libro Awe: The New Science of Everyday Wonder and How it Can Transform Your Life (Penguin Random House, 2023).
Curiosamente, tampoco el carácter colectivo de la observación de los eclipses es un invento de nuestro tiempo: “En cierto modo, las modernas reuniones de los eclipses evocan tradiciones comunitarias mucho más antiguas”, dice Yaszek. La experta cita como ejemplo la leyenda de la nación choctaw de Norteamérica sobre Fvni Lusa, una traviesa ardilla negra que intentaba comerse el Sol, “incitando a la comunidad a reunirse y hacer ruido para espantarla”.
Yaszek ve en rituales como este los antecedentes de nuestras reuniones actuales para observar los eclipses: más allá del miedo o la superstición, las actividades comunitarias como la de los choctaw alimentaban un sentimiento colectivo de conexión con el grupo, “algo muy parecido a lo que hacen ahora las fiestas y festivales modernos para ver los eclipses”. Tanto es así que los científicos proponen una función evolutiva del asombro en el ser humano, gracias a su efecto sobre la cooperación social que ha sido clave en el éxito de nuestra especie.
También algunos investigadores han tanteado la posibilidad de caracterizar el impacto emocional en términos de parámetros fisiológicos que puedan medirse, algo difícil de lograr en la situación real de la contemplación directa de un eclipse.
Este ha sido el objetivo de la psicóloga y cazadora de eclipses Kate Russo con su proyecto Awe, que registró el ritmo cardíaco y la actividad cerebral de varios voluntarios durante el eclipse de 2023 en EE UU.
El proyecto capturó la huella biométrica del asombro durante el eclipse; a su término, los voluntarios exhibieron ondas cerebrales de alta amplitud y baja frecuencia como las que suelen observarse en la introspección y la reflexión. Aunque se trataba tan solo de un estudio piloto, Russo confía en que ofrezca “fundamentos valiosos para la futura exploración de la naturaleza inefable de la totalidad y otros fenómenos inspiradores de asombro”.
Pero la reacción de la psicología humana ante un eclipse no es siempre y solo de altruismo y unidad. Según recuerda el astrónomo y comunicador científico Javier Armentia en el Science Media Centre España, después del eclipse total de Sol de Norteamérica en abril de 2024 aumentó en internet la circulación de bulos y teorías de la conspiración, incluyendo las ideas terraplanistas, apoyadas por vídeos falsos que fueron favorecidos por los algoritmos en detrimento de los auténticos. “No me atrevo a predecir qué sucederá ahora, con unos eclipses que van a vivir de lleno en la moda de las inteligencias artificiales generativas”, escribe.
También en el apartado de las ‘malas’ emociones, el pánico de tiempos ancestrales, la sensación de vulnerabilidad ante lo que parece un desmoronamiento de las leyes de la naturaleza, aún afectan a algunas personas causando estrés y ansiedad. En especial, ciertos estudios han mostrado que no en todas las culturas el asombro es fuente de bienestar social: según el coautor de estos trabajos Craig Anderson, de la Escuela de Negocios HEC de París, “la gente en China puede experimentarlo con algo de miedo y tensión”.
Definitivamente, el asombro no es una emoción de talla única. Pero dado que, según Armentia, las posibilidades de que un eclipse visite nuestro lugar concreto del planeta en lo que dura nuestra vida no alcanzan un 25 %, conviene disfrutar de cómo, en palabras de Yaszek, “por unos breves momentos, las diferencias sociales parecen disolverse en un sentimiento compartido de asombro”.