Halloween es una celebración dedicada al género de terror en todas sus expresiones. Y también una ocasión para indagar en un misterio: ¿cómo es posible que disfrutemos de algo que deberíamos evitar? Desde la biología, la psicología o la sociología, los científicos investigan y explican por qué nos divierte un buen susto.
En 2023 un grupo de investigadores de la Universidad de la Ciudad de Nagoya (Japón) descubrió que el Caenorhabditis elegans, un gusanito transparente de 1 milímetro, huía a toda prisa ante una sacudida eléctrica. Según escribían el neurocientífico Koutarou Kimura y sus colaboradores en la revista Genetics, sus experimentos sugerían que “la respuesta de C. elegans al choque eléctrico puede reflejar una forma de emoción, similar al miedo”.
Que los animales sienten emociones es de sobra conocido desde que Charles Darwin lo propuso hace ya más de siglo y medio. Pero no deja de sorprender que un ser tan rudimentario como C. elegans, del que nos separan 500 millones de años de evolución, pueda pasar miedo como nosotros. Sin embargo, siendo esta emoción tan universal, hay algo que nos hace humanamente exclusivos: el gusanito jamás volvería a por más, y menos aún gastando recursos preciados. Solo nosotros somos capaces incluso de pagar por sentir terror.
¿Por qué actuamos de este modo? ¿Cómo una emoción que deberíamos rechazar se convierte en algo que buscamos y disfrutamos a través de medios como la literatura y el cómic, el cine o la televisión y los videojuegos?
La noche del 31 de octubre al 1 de noviembre es para muchas personas una festividad religiosa; pero también es Halloween, la única fecha del calendario dedicada al miedo. Y mientras esta celebración se extiende cada vez más por todo el globo, la ciencia busca explicaciones al aparente contrasentido de nuestro gusto por el terror de ficción.
El miedo es útil. Nos ayuda a sobrevivir. Y lo ha hecho durante millones de años antes de que los humanos llegáramos a escena. “El miedo es una adaptación neurocognitiva que evolucionó para proteger a los organismos del daño”, expone a SINC Mathias Clasen, codirector del Laboratorio de Miedo Recreativo en la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y autor del libro A Very Nervous Person's Guide to Horror Movies (Oxford University Press, 2022), entre otros.
Y no solo es útil porque nos advierta del peligro, sino que además nos capacita para reaccionar mejor, ya sea combatiendo la amenaza o, como suele decirse, escapando de ella para pelear otro día.
Es la respuesta de lucha o huida, tal como se ha denominado tradicionalmente, hoy ampliada para incluir otras opciones como la parálisis o el desmayo. En resumen, es la respuesta de estrés, aunque popularmente se conoce tan solo como subidón de adrenalina.
Pero esta respuesta de estrés es mucho más que adrenalina. El control central se halla en el cerebro: hace casi un siglo comenzó a observarse que los animales perdían el miedo cuando sufrían daños en la amígdala, un par de pequeñas estructuras en la base de ambos hemisferios cerebrales. Cuando algún estímulo externo activa esta función, la amígdala se encarga de repartir las órdenes necesarias para responder al peligro, principalmente mediante una molécula neurotransmisora, el glutamato.

El miedo es una adaptación neurocognitiva que evolucionó para proteger a los organismos del daño

Hoy se sabe que las funciones de la amígdala son más complejas, incluyendo también un papel en el placer y la recompensa, como también es más complicado el control cerebral del terror. En su versión más simplificada, este centro de mando envía sus mensajes a otras dos regiones, el mesencéfalo y el hipotálamo. El primero, situado en la parte superior del tronco cerebral que conecta con la médula espinal, dispara reflejos básicos involuntarios de supervivencia; cuando saltamos debido a un susto, es el mesencéfalo en acción.
En cuanto al hipotálamo, en la base del cerebro, enciende dos sistemas: el nervioso autónomo, responsable de programas que el cuerpo ejecuta sin nuestra consciencia, y el endocrino, que moviliza una tormenta de hormonas como adrenalina o cortisol. El organismo se arma contra la amenaza: se acelera el corazón, se concentra el flujo sanguíneo en lugares como los músculos y se reduce en otros innecesarios como el aparato digestivo, se dilatan las pupilas, se agudiza la visión frontal y se prepara la coagulación de la sangre por si hay heridas.
El resultado final de todo ello es lo más parecido en la vida real a nuestro estado Hulk, el personaje de Marvel cuya respuesta al estrés lo transforma en una gigantesca, musculosa y agresiva bestia verde. Pero ¿qué ocurre con el terror cuando solo es mera fantasía? ¿Son capaces de liberar nuestro Hulk interior una simple película de miedo o un videojuego?
“Vemos activaciones similares a estímulos aterradores durante el peligro real o durante el seguro, como una película de terror o algunas experiencias de Halloween”, cuenta a SINC Thomas Straube, neuropsicólogo de la Universidad de Münster (Alemania) que estudia estas respuestas cerebrales. Por tanto y según sus investigaciones, hay patrones cualitativamente semejantes de actividad cerebral en el miedo real y el ficticio.
Pero hay una diferencia tan crucial como obvia que distingue al auténtico terror del simulado; sabemos que en el segundo no sufrimos una amenaza real. “Podemos marcharnos”, apunta a SINC Margee Kerr, socióloga del miedo en la Universidad de Pittsburgh y autora del libro Scream: Chilling Adventures in the Science of Fear (PublicAffairs, 2015), entre otros.
Kerr ha estudiado las reacciones corporales del miedo de ficción mediante un laboratorio móvil ubicado en una atracción de casa encantada de terror extremo. En comparación con una situación real, “las diferencias clave son el control y el contexto”, resume. Según Kerr, “nuestros cambios fisiológicos pueden parecer muy similares”, como el tipo de actividad del sistema nervioso, pero el conocimiento de que todo es puro teatro nos permite corregir el significado y, por tanto, “controlar nuestra inmersión en la experiencia”.
Esto es lo que marca las distancias entre el terror auténtico y el falso. El miedo real es una emoción tan primitiva que incluso un minúsculo gusanito puede sentirlo. Los C. elegans de Nagoya ignoraban que se trataba tan solo de un susto eléctrico en un experimento, que nadie pretendía hacerles daño; este es un privilegio de nuestro sofisticado cerebro y su región más desarrollada, la corteza prefrontal, la sede del raciocinio. Los humanos sabemos que contamos con una “red de seguridad”, en palabras de Clasen.
Así, gracias a nuestro cerebro racional, “el aspecto del feeling es prácticamente el mismo, pero la intensidad es menor cuando sabemos que el peligro no es real”, indica a SINC el psiquiatra Arash Javanbakht, director fundador de la Clínica de Investigación del Estrés, el Trauma y la Ansiedad en la Universidad Estatal Wayne y autor del libro Afraid: Understanding the Purpose of Fear, and Harnessing the Power of Anxiety (Bloomsbury, 2023).
En su práctica clínica, Javanbakht emplea tecnología de realidad aumentada para el tratamiento de fobias, ansiedad y trastorno por estrés postraumático. “El paciente sabe que las arañas o los humanos digitales que está viendo no son reales, pero su cuerpo se asusta y muestra síntomas de miedo y activación”.
Así, y aunque los estudios de Straube revelan patrones de actividad cerebral cualitativamente análogos, son cuantitativamente distintos, de menor magnitud en las simulaciones y el miedo de ficción; en este caso, dice el neuropsicólogo, “el nivel de activación generalmente permanece dentro de un rango que la mayoría de la gente encuentra aceptable; una distinción crucial de las amenazas reales”.
Es esta intensidad moderada y dominable la que nos permite divertirnos con el género de terror. La experiencia consciente del miedo en el cine y otros medios “constituye una mezcla ambivalente de ansiedad, y a veces repugnancia, junto con curiosidad, sorpresa y disfrute del suspense y de la activación fisiológica”, explica Straube.
En otras palabras, el subidón de adrenalina nos resulta placentero; según Javanbakht, “el miedo está más en el cuerpo, y disfrutamos montando en ese cuerpo asustado. Nos sentimos vivos”, afirma. Incluso, añade, ciertos mecanismos cerebrales son análogos a los que se activan con las emociones amorosas. El control de la experiencia terrorífica mediante nuestro cerebro racional implica la secreción de dopamina, hormona asociada con la recompensa y el placer, y de oxitocina, popularmente llamada la hormona del amor.
Es más, esa capacidad de complacernos con el miedo recreativo no es simplemente un efecto colateral de nuestra respuesta de estrés a las amenazas del mundo real: los expertos proponen que tiene una función por sí misma y que, por lo tanto, “está arraigada en nuestro equipamiento evolutivo”, sugiere Straube; “de otro modo, a menudo seríamos demasiado pasivos en la vida y, por ejemplo, nunca probaríamos nada nuevo”.
De hecho, la disposición a asumir un cierto nivel de riesgo es uno de los factores que han cimentado nuestro éxito evolutivo como especie. El espíritu intrépido nos ha ayudado a asentarnos por todo el planeta. Pero no somos temerarios. Conocemos el miedo, y esto nos evita peligros letales. Así, el miedo de mentira nos entrena para el de verdad: “Cuando estamos inmersos en una película de terror, jugamos con el miedo mediante la simulación de una amenaza; imaginariamente nos preparamos para lo peor”, señala Clasen.
Javanbakht apunta que esto explica una reacción clásica de los espectadores: “Muchas veces me encuentro gritando a los actores de las películas de miedo por qué no han hecho lo que debían”. ¿Quién no le ha reprochado al personaje de turno que baje al sótano cuando es evidente que le costará la vida? Estas reacciones ejercitan nuestro sistema del miedo, nos adiestran para sobrevivir. Es un juego, subraya Clasen, y el juego es placentero; el miedo recreativo es “una experiencia que nos permite extraer placer del miedo”.

Sin asumir cierto nivel de riesgo seríamos demasiado pasivos en la vida y nunca probaríamos nada nuevo

Al placer de la adrenalina se une la satisfacción del triunfo: según Straube, “mientras que las personas que se divierten con las películas de terror se deleitan sobre todo con el intenso estado de activación que experimentan, otras usan estas películas para poner a prueba sus propios límites, encontrando la recompensa en la superación de un desafío”. Para muchas personas, completar el recorrido del pasaje del terror es un orgullo, un reto superado.
El miedo ficticio es provechoso en otro aspecto, el grupal. Según Javanbakht, “es una oportunidad para reforzar vínculos con otras personas, ya que raramente hacemos este tipo de actividades solos; en las emociones intensas, conectamos con los amigos o compañeros de tribu”.
Kerr comenta que, en su experimento, las visitas a la atracción del terror solían hacerse siempre en compañía. Muchos usuarios se sentían eufóricos después del recorrido y compartían sus emociones con sus amigos, contagiándose la risa. Aquí interviene la oxitocina.
Claro que el terror no tiene por qué ser para todo el mundo. “Un rasgo que es evolutivo no tiene por qué ser universal, como los ojos marrones o la zurdera”, destaca Clasen. Uno de los factores que suelen diferenciarnos ante el miedo de ficción es la edad: las personas jóvenes tienen una mayor tendencia a probar sus límites en experiencias de gran intensidad emocional. A veces se atribuye a los aficionados al terror un interés por las actividades de riesgo y los deportes extremos, aunque claramente esto no es de aplicación general.

El miedo ficticio es una oportunidad para reforzar vínculos con los amigos o compañeros de tribu

En cambio, “los niños pequeños no asimilan bien las películas de terror porque carecen de la arquitectura neurológica para distinguir realidad de representación”, arguye Clasen. El investigador explica que entre las personas que no se sienten atraídas por el miedo de ficción pueden encontrarse tipologías. Por ejemplo, los más duros; quienes no se inmutan por nada. “No buscan el cine de terror porque no les impresiona”. Sin sustos no hay diversión, por lo que, simplemente, se aburren.
En el extremo opuesto están quienes lo pasan realmente mal: la emoción es demasiado intensa, muy próxima al miedo auténtico. Su sensibilidad les niega el manejo de ese mando de la corteza cerebral para bajar el volumen de la respuesta emocional. En ocasiones puede tratarse de personas con tan alto grado de empatía que cualquier sufrimiento ajeno las perturba, incluso en una película.
Por supuesto que no se puede obligar a que disfrute de una película terrorífica quien no siente otra cosa que terror extremo sin paliativos. Pero es una ventaja que el miedo del mundo de la imaginación pueda ayudarnos, según Javanbakht, a situar ciertas otras cosas del mundo real en su contexto: “Cuando te han perseguido en la casa encantada y has sentido la amenaza de muerte simulada, esto pone otras ansiedades de la vida moderna en perspectiva”.